De El Local a los pinchos

Una multitud de gente sobre la acera de la Fernández Juncos, a la sombra de una nube de humo de cigarrillo que se paseaba sobre ellos, nos recibió en nuestro camino desde La Respuesta hasta El Local. Esto de la sombra me hace recordar a un amigo madrileño que, molesto con la gente, me dijo un día: “Es que si los imbéciles volaran estaríamos todo el puto día en la sombra”. Cierro paréntesis. De repente me vi rodeado por aquella muchedumbre de chamaquitos con bigotes malogrados, gafas de pasta, gorras de medio lado, mujeres de los pelos revueltos y aires de libertad, tatuajes, tatuajes buenos, tatuajes malos, bicis, alcohol y cigarrillos. Bruscamente me di cuenta de que me encontraba en el sitio de los hipsters. El Local, en la Fernández Juncos, un lugar donde, además de humo, se respira un aire de libertad interesante. Si algo he aprendido en mis viajes por Nueva York es que siempre es bueno janguear con los hipster, porque en ese ambiente nada sorprende, nadie dice nada, nadie se mete con nadie y, a la vez, todos están con todos.

 

El Local, foto de Emanuel Torres Pérez.

 

Esa noche, que comencé acompañado por Paula, me había dado la sorpresa de encontrarme con unos viejos amigos. Con ellos entré a El Local y nos dimos un par de palos entre las paredes adornadas por grafitis varios y sentados en uno de sus muchos sillones “vintage”. Habíamos bebido ya bastante cuando Esteban, chico de 25 años, delgado, blanco y de un estilo muy cuidado de vestir, luego de ser la principal víctima de mis historias sobre Paula, sugirió hacer algo más nítido, ir a mover el cuerpo. La noche había sido suficientemente larga, pero Santurce es un sin fin. ¡Digámoslo de una vez: Santurce es una cosa bien mala! Las noches nunca acaban porque aquí se vive de la promesa. Se vive de que siempre puede pasar algo, de que se está mejor aquí que en casa, de que cada esquina, cada bar y cada persona tiene una historia que contar y nos movemos entre ese deseo de conocer más y las ansias de que aparezca alguna agradable sorpresa que culmine la noche.

 

Decidimos ir a Circo, una disco gay que, entre quejas varias, me dijeron mis amigos, es la única disco gay que queda en Santurce. Pensé entonces en lo imposible que se me haría comparar Santurce con Chueca en esta crónica, y entramos. El lugar está súper entretenido, pues cuenta con varios ambientes para los distintos gustos. Tres áreas de bares distintas y un área de disco con muy buena música electrónica. Los precios son razonables y las chicas pueden entrar, aunque no predominan. En el aire, además de un mejunje de perfume de hombre distintos, se respira un buen ambiente, divertido, de ligue, de cualquier cosa, de cerrar los ojos y ponerse a bailar. Un día de estos trataré de entrar en más detalle. Por el momento, salimos de allí bastante tarde en la madrugada y con Esteban, que se quedó conmigo hasta el final, hice una parada obligatoria en los pinchos de Marlin de la Fernández Juncos. Excelente manera de terminar un jangueo. Nos bajamos y en eso me percaté que tenía dos mensajes perdidos de Paula. “Me enteré de donde estás”. Miré a todos lados, no entendía nada. “Tráeme algo de comer”. Se me escapó una sonrisa, miré a Esteban y le dije “Vámonos”. La noche de Santurce es otra cosa.

 

Última de una serie de cuatro crónicas en la sección Callejeo.