Reina de corazones

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Era el 14 de febrero de 1992. La maestra Quiñones del tercer grado celebraba su cumpleaños. Una semana antes hubo votación en el salón hogar para seleccionar a la reina de corazones.

Yo siempre tuve clara mi selección. Una niña jabá, de frente africana, pelo negro rizo, y de piel  leche “carnation”, era el amor de mi vida. Su nombre: Laura. Ganó la corona por más de 10 votos. Ella, formaba parte del decenar de niños  piñoneros que diariamente venían de Loíza a estudiar a nuestra escuela ubicada en la calle que llevaba el nombre de su pueblo. Para mi desgracia, no fui seleccionado como el rey que bailaría junto a la niña más bonita de la escuela. Aunque Laura le había pedido a la mestra que fuese yo su compañero, resulté ser muy bajito de estaura.

Otro chico tuvo la dicha de bailar tiempo de vals de Chayanne agarrado a esa muchachita que me deslumbraba. Recuerdo verla entrar por la puerta con su vestido blanco y sus rizos azabache. Laura no solo fue mi amor secreto,  también fue la jibarita en noviembre, la virgen María en Navidad y la estudiante de honor al fin de curso.

El segundo día después de mi regreso a La Goyco, (esta vez como maestro) decidí llevar a los niños al patio frontal. Nos paramos debajo del palo de almendro, donde hace 20 años esperaban las madres piñoneras a sus hijos mientras tejían. “¿En dónde estamos?” le pregunté a los niños. “¡EN LOÍZA!” me respondieron a coro. “¡NO! Estamos en la ca-lle- lo- i -za ¡No es lo mismo!”, interrumpió una niña silabiando la frase.