Aaaaaaaaaaaaaaaaaaazucenas

¡Yep!………….. ¡Yep!……….. ¡Yep!………….

¡Qiueeeeeso de hoja! ¡Qiueeeeeso de hoja! ¡Qiueeeeeso de hoja!

Sonaban los llamados de algunos de los vendedores ambulantes que pasaban por el barrio desde por la mañana hasta el atardecer, algunos llegaban calladitos porque ya los esperaban en las casas, pero la mayoría tenía que anunciar sus llegadas con llamados, campanas, o lo que fuera. Cada uno tenía su sonidito único y al oírlo ya sabias que es lo que venía.

Los primeros que llegaban eran el lechero y el periódico. Mi abuela se levantaba y en bata salía al balcón y recogía el periódico y la leche. La leche en botellas de cristal en su caddie de metal. La noche antes ella dejaba el caddie con las botellas vacías y el dinero para las botellas nuevas adentro de una de ellas, y como si fuera el Ratoncito Pérez que cambiaba los dientes por monedas mientras dormías, Ponce cambiaba las botellas vacías por botellas llenas de leche fresca. Le decían Ponce por su apellido que era igual que el del conquistador. Tremenda casualidad porque a Ponce de León, el conquistador, lo consideran el padre de la industria lechera en Puerto Rico por haber sido quien primero trajo ganado a la isla. Y quien sabe, tal vez a todos los lecheros los apodaban Ponce de León en su honor.

Ponce tenía un camión refrigerado, una cosa insólita, futurista en esa época donde las casas casi ninguna tenía aire acondicionado. Ponce usualmente pasaba tempranito antes de que nadie se despertara. Pero si estábamos despiertos, o venia más tarde de lo usual, dejaba que los nenes se treparan en la parte de atrás del camión a disfrutar unos momentos del friiiito como si estuviéramos en el polo norte.

Eddie, como conté la semana pasada, traía el periódico El Mundo, y otros muchachos traían el Imparcial y el San Juan Star, y años después el Nuevo Día y el Reportero. En una época yo fui uno de ellos y repartí el San Juan Star por un par de años. Pero ese es otro cuento.

Después de Ponce y los periódicos pasaba Jesús. Jesús venía en bicicleta, e igual que su tocayo, traía pan para todos. Pan de agua. Una bolsa llena colgada de la bicicleta. Trabajaba en una panadería que estaba en la esquina de la Loíza y la calle Castro Viñas y como el lechero, tenía su ruta y no tenía que anunciarse.

Ya teníamos el periódico, la leche y el pan. Listo para sentarse en el balcón a leer el periódico con un cafecito y pan tostado. Se empieza a despertar el vecindario. El sol calienta, la brisa sopla desde la playa. Los muchachos van camino a la escuela, menos uno que otro que va guillao a surfear en la bomba. Los adultos pasan camino al trabajo. Casi todos saludan. Y al rato empiezan a llegar los vendedores de comestibles.

Primero el revendón, Anastasio, que traía su carretón lleno de frutas, viandas y vegetales, lo que estuviera en temporada. Mi abuela salía y compraba aguacates, mangos, yuca, lo que necesitara para la comida. Anastasio lo pesaba todo en su balanza que para mí tenía la fascinación de una tecnología avanzada y misteriosa. Ponía los productos en la canasta de metal que bajaba y jalaba una cadenita y arriba una mano como de un reloj se movía hasta el peso adecuado.

Siempre se charlaba un poco con todos los vendedores, eso de comprar e irse con prisa no se hacía. Los vendedores traían noticias de otras partes del barrio, noticias de las siembras, política, temas del día. Charlaban un rato y seguían su camino.

Había otro señor que vendía queso de hoja. A ese si se le oía venir desde un par de bloques de distancia. ¡Qiueeeeeso de hoja! ¡Qiueeeeeso de hoja! Traía como tres latas de galletas sultana, amarradas juntas y con un mango que llevaba al hombro. Ahí traía los quesos, envueltos en hoja de plátano. ¡Qiueeeeso de hoja!

Si era viernes, pasaba el vendedor de pescado. La iglesia prohibía comer carne los viernes así que el vendedor de pescado tenía el negocio asegura’o. Aunque tengo de una fuente confiable que en casa le ponían el jamón a las habichuelas aunque fuera viernes. Un jamoncito no le hacia daño a nadie.

Si faltaba arroz o habichuelas o alguna otra cosa, mi abuela llamaba al colmado del señor Carvajal en la Loíza y le pedía lo que faltara. Y a los pocos minutos llegaba uno de sus hijos en bicicleta con el mandado en la canasta. Y con eso se completaba lo necesario para el almuerzo.

Ya por la tarde pasaba el amolador. Venía en bicicleta llamando con un caramillo que es una flautita hecha de caña que hacía un sonidito bien agudo, dos tonos, fi fiu, un poquito mas agudo y solo los perros lo hubieran podido oir. El que teníq algo que amolar lo oía y salíia. El amolador paraba, ponía la bicicleta en un tipo de sostén que levantaba las ruedas del piso y con los mismo pedales le daba vuelta a la rueda de amolar, y ahí afilaba cuchillos y tijeras, las chispas volando como fuegos artificiales.

Después llegaban los nenes de la escuela y empezaban a pasar los vendedores de golosinas.

Yep. Foto por Tomás Gual.

Yep. Foto por Tomás Gual.

Primero pasaba Yep, que en verdad no era su nombre, pero le decíamos Yep porque eso era lo que anunciaba el. ¡Yep! ¡Yep! anunciaba y lo oíamos acercarse. Yep vendía platanutres sueltos en una bolsita de papel de cera. Llena, por un vellón. Años después que Yep dejara de pasar, cuando ya todo era doritos y cheetos, Yep pasó por mi casa a visitar. Mi mamá dice que parecía que tenía cien años y dijo que estaba cuidando a su mamá que estaba enferma, y que debía tener 120.

US75375613Seguido después de Yep venía el señor de los Paycos. Tenía un carrito nevera con dos ruedas y un mango de madera. Del mango colgaban unas campanas que el movía con los dedos mientras empujaba el carrito. Ding ding ding, ¡Payco! Ding ding ding. Y salíamos todos corriendo pedirle una peseta a mami. Si no tiene la carita, no es Payco de verdad.

Ya esos vendedores no están, pero queda uno que vende azucenas desde Machuchal hasta el viejo San Juan.

¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaazucenas! ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaazucenas!

Saúl Dávila lleva como cien años vendiendo azucenas por el barrio, su voz se oye desde la Loíza hasta la playa y el que quiera flores sale y compra. En el Viejo San Juan le han hecho hasta un mural.

Foto cortesía de Marisol Hopgood.

Foto cortesía de Marisol Hopgood.

Publicado originalmente en el blog del autor: Cuentos del Barrio Machuchal.