Aché pa’ ti

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Me llamaste y me convenciste de ir a bailar rumba. “Aché pa´ti”, me dijiste al despedirte, haciendo un obvio guiño a tus planes de esa noche. Me di una lenta ducha, descansé mi cabeza debajo del agua como si con ello removiera algunas preocupaciones. Una de esas duchas que nos quitan un poco la edad y nos lavan el alma, la renuevan. Por más que proclamen la juventud del espíritu, a mi edad dos noches consecutivas de fiestas, baile y bebidas, se convierten ahora en un proceso, que no en una escapada. Me arreglé, me arreglé demás seguramente, es otro de los complejos con los que cargo a mis 45 años, pero tenía una explicación. Había conocido la noche anterior a una chica quince años menor.

Me encontraba en Aché, un lugar que hace esquina en el 191 de la calle Diez de Andino en Santurce, cuando te divisé sentada en la esquina del bar. Movías tu cabeza al ritmo de la rumba y te mordías los labios como con alguna necesidad. Piel oscura, cabellos rizos, labios gruesos, grandes ojos y una nariz puntiaguda que revelaba tu mezcla. Lo del cuerpo perfecto lo descubrí después. “No sé por qué coño me puse una corbata”, pensé mientras te miraba rodear con tus bembas la salida de la botella de cerveza y me quité la corbata. Recordé que andaba entre colegas; una profesora de la universidad que cumplía años e invitó a muchos de sus compañeros de trabajo a celebrar. Lo bueno de estas fiestas es que comienzan con las conversaciones más interesantes del mundo y poco a poco, un poco culpa del alcohol y otro poco culpa de la personalidad de cada uno y cada una, se van degenerando. Toda noche como ésta abandona un poco la razón y se mueve del lado de los sentidos.

Fue exactamente esto lo que ocurrió cuando decidí pararme a tu lado. Hablabas con una amiga que inmediatamente se percató de mis planes. No es que a mi edad haya ganado tanta confianza como para lanzarme, más bien es que me importa menos un rechazo. Y, luego de llamar tu atención con una mirada y que me regalaras una sonrisa, abrí con una línea sincera y clara: “Eres la mujer más hermosa que hay en este lugar. Y cuando nos vayamos juntos a otro, también lo serás en ese”. Se te escapó una sonrisa contagiosa, genuina, de alguna manera humilde. Y eso me dio confianza, pues si de algo pecan las mujeres durante la noche es que les falta un poco de humildad. No a ti.

Ante la mirada juiciosa de algunos de mis colegas, conversamos un rato. Nos dimos dos shots de chichaíto para relajarnos un poco. Te pregunté qué hacías allí tan sola. “Los músicos que tocan aquí en Aché son mis amigos”. “¿Entonces bailas?”, te pregunté mientras te extendía mi mano. Sabía que ya había hablado demasiado. “Claro, pero no es bailar lo que quiero hoy”. “¿Entonces?”, le pregunté con cara de asombro, no me recordaba a mí mismo diciendo esas líneas a su edad. Entonces me agarró del brazo, me dio un beso en la mejilla y me dijo: “Si me llevas mañana a Morovis me quedo contigo”.

De camino a Aché por segunda noche escuchando la estación de rumba que me pusiste en Pandora. Me estaciono en la acera, bien vestido, sin corbata, con tu perfume mezclado con el mío en la piel y esperando tener que subir otra vez para Morovis. No pasa nada, ayer recargué la tarjeta del peaje.