Antes del Circo

por

Te subiste al carro de tu amigo a sabiendas de que sería una buena noche. Es algo que se puede percibir desde el momento en que te produces frente al espejo. Y tú, que en tu imagen de juventud escondías más experiencia que las huellas que dejaban las arrugas en la sufrida cara de tu madre, sabías que aquella noche, en que Santurce lucía un negro gala, sería una locura. Decidieron ir a Tía María, aquel bar gay en el #326 de la De Diego, de tantas historias y tantas luchas de tantos años atrás, y lo decidieron muy a pesar de tu amigo. Le llamabas amigo desde aquel día en que, en tu habitación, se encontraron desnudos y aquellos cuerpos no levantaron interés alguno. Se querían tanto, se contaban tantas cosas que pensaron que podían llegar a sentir algo sexual alguna vez. Pero no funcionó. Bastaba con recordar aquella ocasión en que, en tu cama, en una tarde en que tus padres no estaban y la pasaron dándose pinchazos de “creepy”, afirmaron que lo harían y ambos se tiraron bocabajo en la cama, esperando el uno por el otro. Luego de eso, unas risas, una promesa y la idea de que aquello era otra cosa, una verdadera amistad. Te interrumpió tu amigo:

–          Tía María, entonces.

–          ¡Claro! ¡Vamos ahí primero!

–          ¡Loca! Sabes que yo odio ese sitio. Es como que todos los viejos gay deciden ir ahí a mirarse las caras, hello!

–          ¡Ay, nene! ¡Pero en Tía María se bebe súper barato! Y desde ahí en la De Diego a Circo llegamos en ná.

Sabías que tenías que convencerle de ir allí. No precisamente por la escasez de dinero en tu bolsillo derecho (en el izquierdo guardas el celular), sino porque realmente necesitabas aquella compañía. Sabías que tenías que ir allí, que más que un trago necesitabas levantar un poco tu autoestima. Que un par de miradas cincuentonas te recordaran no sólo que eres hermoso sino, sobre todo, que te queda mucha vida por delante. Al final, ¿no se trata de eso este mundillo gay que habita, no invadiendo sino como quien no quiere que la cosa se le vaya de las manos, en algunos rincones de Santurce? Que la noche oscura y decadente nos recuerde la locura de la juventud y las promesas. “No me imagino sin juventud”, pensaste mientras entrabas a Tía María y las cabezas se volteaban para verte en pasarela por el pasillo de la barra. Siempre te sonríes, pues es esa sonrisa lo que mantiene viva la esperanza y te hace no pensar en que, en unos cuantos años, quizás te encuentres del otro lado: como un cincuentón que espera que abra la puerta algún chamaquito a quien poder rozarle la bragueta con la mano y cantar por ello victoria. Te paraste justo al lado del billar y le regalaste una sonrisa a un señor bastante mayor para tus gustos. Pero la sonrisa bastó para ganar una copa. “Un madras con Grey Goose”, mencionaste con respeto y seguridad de saber que decir Grey Goose es decir “clase”. Sí, a veces olvidas el lugar donde te encuentras, pero ya te lo recordará la noche.

Tu amigo te preguntó el plan. “Dejar que el viejo éste me pague un palo más y nos vamos pal carajo pa’ Circo”, le dijiste. Y así fue. Al segundo madras le regalaste una sonrisa y un adiós bastante simplón con la mano.

Afuera siempre hay más gente que adentro, ya que la gente se para, palito en mano y cigarrito en la otra, a hablar un poco y ver la mercancía que va llegando. Ustedes no, no esa vez. Salieron, se montaron en el carro, un poco de Alicia Keys que les hizo gritar tres veces con fuerza: “This girl is on fire!!” Se estacionaron y caminaron hasta la calle Condado. A partir de ahí, pasarela carretera abajo, machos a la izquierda y a la derecha, los neones se confunden con estrellas y las dragas son las reinas de la noche. En el #650, luego de un chequeo de la seguridad, abriste la puerta a sabiendas de lo que encontrarías, se activó el instinto, entraste a Circo…

Segunda de una serie.