Con la “C” de Circo

Tu padre atento a la tele, control en una mano, cerveza en otra y las gotas de sudor que le bajaban desde el sobaco compitiendo entre ellas a favor de la ley de gravedad, rodando por el plástico con el que había forrado tu madre la butaca después de tanto quejársele a unos oídos sordos. Al fondo, desde tu habitación, se escuchaba a Rihanna repitiendo una y otra vez aquella frase que tantas mañanas te llenó de fuerzas para afrontar el día: “Shine bright like a diamond”. Esa negrita es una fucking diosa, pensaste.

“Apaga la mierda esa, Héctor Iván, si no la vas a estar escuchando”, te dijo tu padre aún sin despegar sus ojos de la tele. “¡Loco, yo voy para allá ahora, me estoy cambiando, hello!”, le contestaste en tu típico intento de que se diera cuenta de su ridículo, de que entre ustedes hacía mucho que se había perdido la sintonía. Y luego de regalarle una cara de asco a unos ojos que no te miraban, planificaste la noche por mensajes de texto.

–          Sácame de aki!! No soporto mi ksa!

–          Ke krajos te pasa ahora? Ay ya la más bicha ella!

–          Pa dnde karajo es q bamos?

–          Pa Circo! A ver si ncuentro un macho esta noche!

–          Me bscas en ksa?

–          Emm ejemplo 10 minutos?

–          Ok 😛

La música de tu negra seguía sonando y, aunque tus amigos te llamaran “ponka”, soñaste con ser una diosa mientras posabas frente a la coqueta. “Pendejas ellas las muy envidiosas”, pensaste mientras llegaban a seis las roseadas del perfume de Jean Paul Gautier que, aunque pasadito de moda, te traía buenos recuerdos de camas, idas y venidas. Había que apurarse, así que decidiste irte a la segura: Pantaloncitos ajustados, t-shirt y las botitas que te acompañan, como amigas inseparables, a cada jangueo que te tiras. Antes de eso ya te habías dado una buena ducha. En el pelo te pusiste una cintita, como la Paris Hilton, miraste hacia el espejo con el teléfono en la mano, pusiste tu mejor “duckface” para la foto y acto seguido la etiquetaste en Facebook: “Listo para el janguin”.

Ya te ibas, tu amigo esperaba abajo, pero te detuviste para escuchar lo que estaban diciendo en las noticias de la tele. Aquello tenía que ver contigo. Una cincuentona rubia de farmacia y estirada con porte de mujer rica hecha a la fuerza, como ese intento de hacer comida criolla gourmet, hablaba sobre la familia tradicional, la abominación del homosexualismo, el fin de la raza humana y la crisis de nuestros tiempos. “Cómo se atreve la muy puta, como si nosotros quisiéramos otra cosa que no sea ser felices”, se te escapó en voz alta y tu padre, esta vez sí, levantó la vista. “¿Pa´ dónde carajo vas vestido de esa manera?”. “Loco, a bailar un poco, ¿a ti qué te importa, que eres un viejo aborrecido?”, le respondiste. Balbuceó algo más, pero no lo captaste. Esos balbuceos era nla última carta que le quedaba. Lo había intentado todo para borrar de tu mente ese apetito voraz que sientes por los de tu mismo sexo. “No sabe él lo bien que se siente”, habías pensado más de una vez. Bajaste las escaleras pensando en la promesa de la noche y en el placer de la escapada. Al salir, sentiste el olor a libertad, el olor a calle, a noche, a alcohol, a sexo. Cerraste los ojos, prendiste un cigarrito, respiraste hondo y dijiste: “Santurce es tan fucking rico”.

Tu amigo esperaba en el carro. “Loca, ¿qué hay? ¿Lista para destruir la noche? ¿Pa’ dónde es que vamos?”, te preguntó. Entonces, dejando escapar una sonrisa, levantaste tu brazo izquierdo y, con la mano arqueada, le hiciste una letra “C”…

Historia partida en dos… o tres.