Cuenteros de la Zona Rosa

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Santurce parece un teatro hoy. Es miércoles, el ombligo de la semana, y a lo largo de la Avenida Ponce de León todo el mundo parece jugar su papel a la perfección: el chofer desesperado de la Metrobus en la que estoy montado, el tecato que lo hace esperar mientras cruza lentamente con su nota enmantecada por el carril de guaguas, los chamacos en mahones cut offs y gafas ochentosas que viajan más rápido que nosotros en la Metrobus con sus fixies. Al bajarme de la guagua me doy cuenta que los de las bicis y yo vamos al mismo sitio: Abracadabra, el café que se ha convertido en un oasis artístico en el barrio de Cangrejos. Hoy estrena allí la nueva obra que Rosa Luisa Márquez ha montado en colaboración con el dueño y los meseros del lugar, “¿Cortadito o capuchino?”, que seguirá presentándose por los próximos cinco miércoles. Siendo esta una producción dirigida por la más dinámica y juguetona de las teatreras puertorriqueñas, yo no puedo evitar pensar que Santurce se convierte en un escenario. “Dios mío”, pienso mientras entro al local –buscando en vano por mi sentido de distancia irónica-, “aún no he hablado con ella y ya me estoy infectando con la Zona Rosa”.

¿Cómo describir a la Zona Rosa? Es una zona donde no hay directores, actores o tramoyistas. En vez hay teatreros. Hay ensayos, claro, pero la solemnidad se escurre ante un acercamiento que privilegia brincos y saltos. La comparsa, las máscaras, la música y la magia que pueden tener objetos cotidianos cuando son transformados por su uso dentro de un escenario son elementos esenciales de la zona dramática que ha logrado establecer Rosa Luisa Márquez en su larga trayectoria. Es un espacio donde la actividad docente, la gestión cultural y el trabajo comunitario han llegado a coincidir, como pasó con el grupo Teatreros Ambulantes de Cayey, que montó en el Recinto de Cayey de la Universidad de Puerto Rico en los 80 con la intención de llevar el juego teatral junto a todo tipo de comunidades.  Esa fue una gran colaboración con Antonio Martorell, con quien no ha parado de conspirar, uniendo el teatro y el arte visual de maneras inesperadas.  Otro invento de los dos acaba de cumplir 25 años: el programa de entrevistas culturales “1, 2, 3 Probando” que se transmite regularmente por Radio Universidad.

Hay otros. La colaboración es uno de los grandes valores de esta zona.  Repasar el contacto de Rosa con sus colaboradores es pasar lista por algunas de las tendencias más sobresalientes en el teatro de las Américas en los últimos 50 años. ¿Bread and Puppet? Check. ¿Augusto Boal y su teatro del oprimido? Check. ¿Grupo Yuyachkani de Perú y Malayerba de Ecuador? También. Y junto a todos estos hay uno al que sigue regresando, como una obsesión vieja: el dramaturgo argentino Osvaldo Dragún.  Es precisamente una de sus obras, “Los de la mesa diez”, lo que ha servido para la adaptación libre que se estrena esta noche. Para esta puesta de “¿Cortadito o capuchino?” Rosa, identificada muy de cerca con el teatro estudiantil en Río Piedras, ha dado el brinco a Santurce. En el proceso ha vuelto a colaborar con dos ex alumnos del Teatro Rodante que dirigió en los 90: Israel Lugo, el dueño de Abracadabra, y Jessica Rodríguez, la gerente. A estos se unen otros dos actores que trabajan de meseros en el local, Yan Collazo y Lorena López.

Entro a Abracadabra y choco de frente con el mundo fantasioso y juguetón que ha logrado crear Israel junto con su compañera, la codueña y chef Jasmin Contreras. Entre las lámparas Tiffany, la cocina abierta y la figura icónica de un conejo que ha quedado dibujado encima de las fotos viejas que cuelgan en las paredes está Rosa Luisa, sentada en el counter, como si estuviera a punto de ordenar un café.

Todo comenzó con un acordeón

De rostro redondo, con un sombrero circular negro sobre la cabeza y grandes espejuelos esféricos a lo Jonh Lennon, Rosa me trae un flashback inevitable a mis años de estudiante. Fue en los 90 que sus obras en Río Piedras expandieron mi entendimiento de lo que el teatro podía ser. Piezas como “Jardín de pulpos”, “Procesión” y “Romeo(s) y Julieta(s)”, con su movimiento vital, parecían una película de Fellini que se desenvolvía en vivo frente a mis ojos. Para la gente de mi generación que estudió drama, esa fue una escuela inolvidable.

Fue reconectando con Israel y Jessica, dos estudiantes de esa época, que surgió la posibilidad de hacer “¿Cortadito o Capuchino?”. “Israel y yo vivimos en El Monte”, me dice sobre el condominio de Hato Rey que se ha convertido en una residencia extra-oficial de profesores de la Yupi. “Siempre me decía que teníamos que hacer algo, pero no se dio hasta que lo vine a visitar aquí. Un día vine a descubrir Abracadabra y lo primero que me cogió fue el acordeonista, me llevó a otro espacio, de momento estaba en Francia…”.

Ese fue el ambiente que logró sacarla de Río Piedras y traerla hasta Santurce. Abracadabra, donde casi todos los meseros son actores, era el lugar ideal para montar una obra que sucede en gran parte dentro de un restaurante. De ahí al texto de su viejo amigo Dragún, “Los de la mesa diez”, fue un brinco lógico.

“Con Dragún hubo una relación de muchos años”, me dice. “Cuando muere en el 99 decidimos hacerle un homenaje a él con las “Historias para ser contadas” en el 2001 en la Yupi”.

Cuentistas, paqueteros, fabuladores y actores: estas disciplinas se confunden en la Zona Rosa. Es algo que tiene en común con Dragún, y que se explora a profundidad en “Los de la mesa diez”. Una historia clásica de amor entre un chico de clase trabajadora (Yan Collazo)  y una chica de clase alta (Lorena López) se transforma al ser contada por los meseros del restaurante donde siempre se encontraban. “¿Cortadito o capuchino?” toma esa historia y la adapta a la personalidad particular de Abracadabra.

“También está la tradición del cuentero, que es una tradición bien fuerte en toda nuestra América”, me explica. “Yo lo asocio en Puerto Rico con el que hace buenos chistes y el que cuenta chismes en los velorios. Ahí tu tienes un narrador que de momento se convierte en personaje.  Tu haces sólo lo suficiente para que el cuento avance”.

Nuestra conversación se interrumpe de momento. Son las seis de la tarde e Israel está trancando la puerta de entrada. Ha llegado la hora de transformar el espacio.

Después del masking tape

Empezando por Rosa, y siguiendo por la figura enjuta y alargada de Israel, la directora y los actores se lanzan a la tarea de preparar el espacio. Las mesas se mueven y las luces, “working lights” baratos que se consiguen en cualquier ferretería, se van montando en puntos estratégicos del espacio. Esto le da un aspecto low fi y guerrilla a la producción; aquí no hay perseguidores ni sistemas de sonido, es el teatro que hace maravillas con lo que está a la mano. Llega el momento en que veo a la gerente/coprotagonista de la obra, Jessica, tras sus grandes espejuelos de pasta, luchando con dejar una extensión eléctrica pegada a una esquina con un pedazo precario de tape. “Vicky Espinosa tenía una gran frase”, me dice de la venerable directora puertorriqueña mientras sigue luchando con la extensión. “En la historia del teatro hay un antes y un después del masking tape”.

No toma mucho tiempo. Media hora después el restaurante está listo para ser habitado por la historia. Rosa reúne al elenco en un salón escondido en la parte de atrás del local y yo logro colarme tras bastidores. En el salón principal Israel ahora se dedica a organizar cómo se llevarán las cuentas de comida durante la presentación. Su transformación de actor a dueño de restaurante es dramática: en la obra él es todo juego, pero la seriedad de llevar las cuentas claras –esas discusiones de cómo llevar las órdenes sin que se pierdan los tickets en el proceso- es inevitable cuando se enfrenta al negocio.

Rosa, mientras tanto, le da unas últimas indicaciones a su pequeña compañía teatral.  De momento saca una foto vieja en blanco y negro en la que aparecen ella, Martorell, el documentalista Miguel Villafañe y el mismísimo Dragún. Es una foto de amistad, todos están mondados de la risa. Rosa la cuelga en medio del salón, como para que Dragún presida de alguna manera a esta última reunión antes del estreno. La mayoría de los jóvenes se sorprenden al ver a Martorell con algo de pelo en la cabeza, pero sobre todo se quedan estudiando el rostro de Dragún cuando Rosa les explica quién es. “Es del 1988”, explica. “Estábamos felices”.

Luego de eso procede a dar sus instrucciones, que se concentran sobre todo en detalles técnicos. Se asegura, por ejemplo, de que una salida esté a tiempo, o de que una frase que debe decir todo el elenco a coro se articule con un ritmo más adecuado.

Finalmente despacha a los actores diciéndoles, “a partir de hoy la obra es de ustedes. Mantengan la integridad”.

Todos se unen y con la energía mánica del estreno gritan “¡mierda es!”, una frase que se repetirá durante la función.

Jóvenes difíciles

Cuando vuelvo a salir al salón ya el público ha ocupado las mesas. Hay muchos profesores, evidentemente han venido a ver el último trabajo de Rosa en el día del estreno. Hay mucha gente que no veo desde que me gradué de bachillerato. Es raro verlos después de tanto tiempo fuera de Río Piedras.

Los actores, por su parte, se han transformado tanto como el espacio. Los meseros llevan sombreros y vestimenta de la década del 1920, Jessica ha sacado unas Converse negras.  Con eso comienza la obra, al son de (¿qué más?) un acordeón tocado por Rafael Martínez, el músico que se encargará de los merengues, boleros corta venas y pop gringo noventoso que acompañará a la obra.

La historia de amor de los dos protagonistas se mueve entre la ingenuidad y lo ingenioso.  Pero lo cierto es que no para de moverse. Estamos en la Zona Rosa, después de todo, y cada pie cuadrado es recorrido por los actores. Se trepan en mesas, tiran bolas por encima de la cabeza del público, corretean entre las sillas: la energía del montaje es contagiosa. Los meseros protagonizados por Israel y Jessica mutan, se van transformando en varios personajes, y es impresionante ver a estos dos actores que conozco desde mis años de bachillerato divirtiéndose tanto, comiéndose cada escena y cada personificación, como si estuvieran de vuelta en el Teatro Rodante de Rosa Luisa, donde empezaron.

El texto de Dragún, su obra se estrenó a finales de los 50, se siente un poco anticuado, sobre todo por el conflicto de una historia de amor en la que un obrero y una burguesa se pasan toda la obra discutiendo cuándo y cómo se van a casar. Hoy en día el conflicto sería sobre si deberían texteartse luego de un booty call furtivo. Pero la manera en que se cuenta la historia sigue siendo tan novedosa ahora como lo fue en sus comienzos. Son esos meseros que asumen una multiplicidad de voces al contar la historia de la pareja lo que saca lo mejor del gran sentido escénico de Rosa Luisa.

Durante la presentación la directora se mantiene detrás del counter, los brazos cruzados mientras sigue y estudia cada movimiento. En ese sentido se convierte en la dueña silente del local donde la pareja de la obra se enamora. Sus meseros cuenteros fabulan y narran, y ella conoce cada palabra. Muy cerca del final, la pareja central de la obra comenta que “es muy difícil ser joven”.  Ese podría ser el planteamiento central de la Zona Rosa.  En “¿Cortadito o capuchino?” ha vuelto a demostrar que no es una cuestión de edad, sino una manera de mirar el mundo.

Las últimas dos funciones de “¿Cortadito o capuchino?” serán el miércoles 31 de octubre y el jueves 7 de noviembre (para el desquite del día de las elecciones) a partir de las 7.30 p.m. Las taquillas están disponibles en Abracadabra, 1661 Avenida Ponce de León.  Más información: 787-200-0447.