De Barrio Obrero a la Loíza

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Mi primera escuela estaba en la Parada 26 en Barrio Obrero. Era pequeña, terrera, y quedaba justo detrás del puente de Martín Peña. Tenía muchos amigos, y me encantaba poder salir a pasar la hora de recreo junto a Don Antonio. Este viejito era el padrino de mi papá y vivía en una parcela que colindaba con los portones de la escuela. Su jardín era mágico y había una casa abandonada de madera al lado de la suya donde muchas veces me aventuré con varios compañeros de clase.

La iglesia

Cuando mi madre consiguió su primer carro, una “guagüita wincha setentosa” que estaba cayéndose en cantos, decidió movernos de escuela para estar más cerca de la casa de mis abuelos en Machuchal.

Pasamos a ser la segunda generación de los Santana en La Goyco. Teníamos fama de ser difíciles y algunos compañeros, nos llamaban LOS SATANÁS DE LA CALMA. Todas las tardes salíamos la tribu de nueve primos por la calle Loíza en dirección a nuestra comarca. La calle Calma era en aquel entonces un lugar de espera y tránsito. Algunos de mis primos vivían en Llorens Torres y otros en Carolina. Allí pasábamos la tarde hasta que nos vinieran a buscar.

La verdad, no me gustaba la escuela al  inicio. Aunque el edificio me parecía maravilloso, estaba acostumbrado a mi pequeña comunidad de  amigos en Barrio Obrero y sin duda alguna, cambiar de escuela fue cambiar de barrio. No logré integrarme con facilidad a la comunidad escolar, y eso le añadía a mi timidez. Fui víctima de bullying por ser estofón y amanerado.

La caminata por la Loíza era lo único que en realidad disfrutaba. Ya no estaba en la escuela subordinado a la disciplina, ni tenía a mi madre que me supervisara. Después de años, pienso que fueron esos 15 minutos diarios de travesía a pie a casa de abuela, los que me ayudaron a adaptarme y disfrutar la nueva experiencia. Entrar a las tienditas de cachivaches, ir a la farmacia a comprar dulces o simplemente pasar el rato en la sección de efectos escolares. Fue también gritarle cosas a la gente y salir corriendo, pedirles chorizo y peperoni a los empleados de la pizzería, coger pon con algún vecino que pasara en su auto, hablar con los vagabundos entre otras aventuras. Cada cuadra tenía su encanto. Me sentía el rey del mundo. Una sensación de libertad que antes no había experimentado.

*Tercera de una serie del autor sobre sus años de estudiante en la Escuela Elemental Pedro Goyco y su regreso ahora, veinte años después, como tallerista.