Dos crepúsculos dominicales y un concierto

La idea del descanso dominical absoluto, desplegado por al menos ocho horas ininterrumpidas en un solo rincón apartado de San Juan, completamente retirado del mundanal ruido, sin conexiones celulares ni escándalos cocolos de festival folklórico, para regresar ese mismo día a la casa –antes que llegue el lunes laboral o escolar–, se te extinguía como una endeble llama al viento en tus recuerdos a las siete y media de aquella mañana resacosa y con barrunto etílico.

El pitido vulgar que anunciaba la entrada de un perturbador mensaje de texto del fotógrafo al celular interrumpió la bonita estampa que iluminaba el panorama, visto desde el sofá, de tus memorias alegres de aquellos domingos campestres ochentosos que no volverán, en que cada miembro de la familia languidecía en las hamacas del balcón de la casa de madera, escuchando sólo la música que producía el agüita dulce de la quebrada dando contra las piedras, luego de la jartera de frituras y arroz con pollo, en la finca riograndeña de tus abuelos.

“Hay mercado orgánico en la placita Roosevelt.”, escribió Herminio. “¿Te apuntas?”. “Claro que sí”, le contestaste. “Después de la volqueta de anoche, necesito un café sin pesticidas”.

Con esa oración llena de fronte le ocultaste a tu pana el verdadero drama de tu honda preocupación de entonces. Te atribulaba reconocer que, a pesar de haber dormido sólo cuatro horas, esa experiencia agrochic al alba del primer domingo del mes era sólo la embocadura y el “brainstorming” de una misión análoga. Ustedes también se habían propuesto descubrir, reinterpretar, fotografiar y narrar las historias de la gente elegante que se aglomera los segundos domingos de mes, después de las seis de la tarde, en otra plaza al aire libre de la capital (la placita Antonia Quiñones “Stella Maris” del Condado) para disfrutar de Condado en Concierto; una actividad de música clásica al aire libre auspiciada por el municipio y su alcaldesa, gratis para el pueblo.

Y así fue como el afán de abarcarlo todo al unísono, con actitud macharrana firme y soberbia, te arrastró con Herminio al mejunje de las crónicas unidas de dos crepúsculos trenzados en el recuento, cada cual experimentado al tempo pasivo de los séptimos días sanjuaneros suyos.

En la tarea de cubrir el primer tramo de ese maratón de caprichos y astucias fotorreporteriles, alunizaron en el mismísimo centro del Hato Rey residencial clasemediero-venido-a-menos. Llegaron a la placita de la primigenia urbanización Roosevelt, donde te dejaste atraer por los olores de la yerbabuena, el pan integral del local vegetariano Peace and Loaf, el café de Utuado y la reminiscencia aromática de la composta que perfumaban los toldos de los puestos de los agricultores y socios de la Cooperativa Orgánica Madre Tierra.

Soda Natural vende sus refrescantes bebidas gaseosas naturales en el mercado orgánico de la Placita Roosevelt en Hato Rey. Foto Herminio Rodríguez.

Soda Natural vende sus refrescantes bebidas gaseosas en el mercado orgánico de la Placita Roosevelt en Hato Rey. Foto Herminio Rodríguez.

Dando tumbos entre las mesas, todavía borracho de nocturnidad rastrera, luego de conversar con uno de los vendedores, tu amigo Pedro, sobre el “bad trip” que suponen los panes blanqueados con sustancias tóxicas y otros temas políticos radicales que inciden en la alimentación nacional debatidos por la organización Boricuá, intentaste tranquilizar las embestidas del hígado embriagado con unos sorbitos de gaseosa de maví embotellado con sabor a carambola y jengibre que te sirvieron los muchachos de Soda Natural.

Calmado el monstruo hepático por un instante, pronto te atacó un hambre carnívora que procediste a matar de inmediato, aunque ella presumía de esperanza de resurrección próxima, atracándote, como quien no quiere la cosa, un “green brunch” de profusión rural, estilo bufet improvisado, probando aquí y allá distintos platos a base de soja, verduras frescas, semillas o granos y sin nada de gluten.

El próximo domingo, mareado con los mismos síntomas viciosos del anterior, te lamentaste de por qué rayos no había mercado orgánico todos los fines de semana, cuestión de tener la opción de ir a comprar antes de salir para Condado el bowl de yogur con granola y miel de abeja que te recomendó Herminio, toda vez que era indudable que tu estómago necesitaba una capa protectora de “acidophilus” para asumir el despeje definitivo de la niebla mental y el vértigo del “hangover” perenne que recurría, por segunda vez en este cuento, pero ahora distinguido por el son de la caída del sol sobre la franja citadina que va desde el Puente Dos Hermanos hasta el Último Trolley.

Los chorritos de la fuente de Juan Bobo se unen a la música académica de Condado en Concierto en la Plaza Antonia Quiñones. Foto Herminio Rodríguez.

Los chorritos de la fuente de Juan Bobo se unen a la música académica de Condado en Concierto en la Plaza Antonia Quiñones. Foto Herminio Rodríguez.

Como si la rutina se comportara como un péndulo, el clímax dominguero prácticamente operático del segundo tramo ocurriría justo a su llegada a Condado en Concierto, mientras alunizaste en la pista imaginaria de otro mundo real próspero, cerca de la fuente-escultura en metal de Juan Bobo y la Canasta de la placita Stella Maris, que fue el escenario de aquel verdadero despertar tuyo a la celebración de la vida productiva desde el ocio culto, musicalizada, entre otras piezas, por la interpretación impetuosa y sublime de la composición de un nacionalista europeo decimonónico que, en aquel ocaso enrarecido, se utilizaba de excusa para acoplar violines, contrabajos, chelos y violas.

La producción de Condado en Concierto requiere una concha acústica portátil especial y un sonido impecable. Foto Herminio Rodríguez.

La producción del evento requiere una concha acústica portátil especial, creada por el artista Ramón Berríos, y un sistema de sonido impecable. Foto Herminio Rodríguez.

Luego de dejar la troka a las cinco de la tarde en el estacionamiento de la Plaza de la Libertad, casi frente al hospital presbiteriano, entraste por la calle Magdalena en aquel espacio público rectangular, muy húmedo y hermoso (gracias a un sistema de riego bien mantenido), poblado de niños que jugaban balompié sobre el centro sembrado de grama, se tiraban por la chorrera, subían y bajaban en el tobogán y corrían muy torpes entre el conjunto escultórico de los caracoles de bronce de ese jardín semiescondido en medio de la losa burguesa tropical gastada por el salitre, bordeado de grandes acacias, laureles de la India, flamboyanes, helechos y condominios con nombres como Lores y Placid Park, de innecesaria rimbombancia aristócrata que no le aplica a la cafre burguesía criolla.

Los vecinos de Condado apoyan la actividad musical urbana auspiciada por el Municipio de San Juan, a la que se suman escuchas de otras partes de la zona metro. Foto Herminio Rodríguez.

Los vecinos de Condado apoyan la actividad musical urbana auspiciada por el Municipio de San Juan, a la que se suman escuchas de otras partes de la zona metro y la isla. Foto Herminio Rodríguez.

Las risas y los chillidos de los chiquitos, así como el gesto impúdico de la estatua en cemento de Antonia Quiñones donada por el Club Cívico de Damas, profanaban el aura de exclusividad particular que tiene ese vecindario blancucino, mientras los cinco músicos del Quinteto Pedreira se acomodaban en la pequeña tarima para reconocer la distancia entre sus cuerpos, los atriles y los micrófonos con el propósito de maniobrar cómodos durante su interpretación de cuatro piezas del compositor puertorriqueño Nicky Aponte.

Vestidos con camisas de algodón en manga corta y mahones, sudando discretamente al frente de la concha acústica portátil creada en aluminio y PVC por el artista Ramón Berríos, los músicos se introdujeron a la rutina dominical de la plaza aprovechando el preámbulo de la afinación. David y Alexis, con una tranquilidad envidiable, manipulaban los violines, mientras José Manuel, Harry y Rafael probaban pastosamente la viola, el chelo y el contrabajo hasta alinearse, con el consejo y consentimiento del sonidista, en la misma frecuencia y, definitivamente, sonar en el mismo tono.

Quisiste verificar si la nitidez del sonido se percibía idéntica en los cuatro ángulos de la plaza y te fuiste a dar una vuelta de reconocimiento por el cuadro exterior que la circunda, más allá del área verde central (en la que a esa hora se sentaba el público en sillas y mantas) y más acá de las aceras. Tu curiosidad chocó con dos vendedores ambulantes de mantecaditos de coco y piña que agitaban bien duro las campanitas de sus carritos llamando a los niños al consumo de cantidades industriales de azúcar.

De las calles aledañas venían hacia el oasis de la plaza, a toda velocidad, corredores y patinadores sedientos para tomar agua. Por allí paseaba gente de todas las edades a sus perros, que les ladraban y les movían las colas a los adolescentes que cruzaban en bicicletas o a otros canes. Las parejas de enamorados se removían en los banquitos, las doñas hablaban a todo volumen por teléfono dando vueltas en el mismo sitio, vecinos que se conocían de toda la vida se saludaban y conversaban a boca de jarro, madres y padres recogían a sus hijos del piso diciéndoles “eso no es nada, sigue jugando” y dos o tres fumadores lo observaban todo desde bancos periferales, solitarios, nerviosos, escuchando la nitidez musical que confirmaste por los cuatro ángulos pero ocultando esa victoria de la producción entre los ceños fruncidos y las pieles grises; como si renegaran con cada bocanada desafiante y cancerígena de aquel despliegue profuso de estilos salutíferos en ropajes de hacer calistenias y ejercicios.

Los caminantes, patinadores, paseadores de perros y bicijangueadores continúan su rutina dominical mientras escuchan la música clásica. Foto Herminio Rodríguez.

Los caminantes, patinadores, paseadores de perros y bicijangueadores continúan su rutina dominical mientras escuchan la música clásica. Foto Herminio Rodríguez.

El chirrido rititititititi que se tiró sin pudor alguno un inculto pájaro presentao que allí habitaba devolvió tu atención a la música académica, justo en un solo de flauta de Cynthia Cartagena, del Ensamble de Vientos convocado para interpretar en medio de la ciudad música de cámara de Haydn, Richard Strauss y Dvorak. Te dejaste llevar por el embrujo dulzón de la pieza con el contrapunto de los chorritos de la fuente y los bocinazos mientras los poros se te acostumbraban al bajón de temperatura que trajo el oscurecer.

El maestro Harry Rosario dirige al Ensamble de Vientos en una pieza de Richard Strauss. Foto Herminio Rodríguez.

El maestro Harry Rosario dirige al Ensamble de Vientos en el estreno en Puerto Rico de la Serenata para Vientos en Mi Bemol Mayor Op. 7, de Richard Strauss, ideal para conciertos de cámara al aire libre. Foto Herminio Rodríguez.

Cerraste los ojos por un instante y te autoconvenciste de que era justo y necesario sustituir la lubricante euforia del bum bum bum tecno que había sido el soundtrack de las malas noches precedentes por esa mezcolanza nítida de sensaciones auditivas que te producían otro raro y fuerte goce. La intermitencia de la alarma del carro que se activó rebotaba contra los ademanes del portador de la batuta, el director musical Harry Rosario, al tiempo que los oboes de Ivonne y Luis Amed hacían lo suyo entre las embestidas de los clarinetes de Emanuel y Cristina, involucrados sin saberlo en un revolú delicioso conformado por el perfume de las azucenas, la güira metálica y bestial de la bachata que arrastraba sobre las cuatro ruedas de su Toyota un tiguerazo con posible rumbo al Pizza City de Isla Verde y los gloriosos coros de coquíes que se empeñaron en ponerse las togas sobre sus babosas pieles como si aquello hubiese sido una escena surrealista de Sister Act.

La gente, incluyéndote, andaba por la plaza o permanecía sentada con toda la complejidad de sus vidas a cuestas sin que fuese problema alguno o les volaran las tapas de los oídos la sinfonía urbana constituida por los ladridos de los perros entre sí, las sirenas de las ambulancias que transportaban accidentados al hospital… y tú, como todo el mundo, entrabas y salías de aquel viaje sonoro por el que te dejabas llevar y traer hacia el despeje de la fijación de la posición de los dedos de Pedro y César sobre los fagots y la búsqueda de los significados impalpables de los misterios de un Re menor.

Fue allí y entonces, bajo los efectos de la nocturnidad sin alcohol que penetraba tu ser atacuñándote varios cantazos de tablas de patinetas contra el seto, tres o cuatro cuerdazos balcánicos del contrabajo y el resoplido de las escotillas y el mofle oculto de una guagua de la AMA, que te convenciste: la música al aire libre en San Juan es para soltarse dentro y fuera del entorno tal cual es, incluyendo disfrutar de la Chorale St. Antoni mientras el imprudente de al lado contesta el celular y grita aló, ¿aló? No existe ni es deseable en ese contexto tal cosa como un sarcófago o sagrario en el que uno pueda poner a descansar una concentración semibudista con vocación pura o todo-todo contemplativa. Siempre hay un recuerdo del reguero sanjuanero que turba y desconcentra, como tiene que ser, lo que los concertistas quieren que toquemos; una fuga que se cuela y se disipa, quizás con el propósito de regalarnos a los ilusos oyentes la oportunidad de intentar una próxima dominación.