El abrazo

Sudaba. Tenía los nervios de punta. Sabía lo grande he importante que acontesería en un par de horas. Maelo. La calma. Mi casa. Mis amigos. Mis colegas. Mis vecinos, mis maestros y artistas que respeto y admiro. Todos estarían en casa.

No pude evitar asumir el rol de anfitrión aunque en realidad no formé parte del grupo gestor oficial. Pero se trataba de El Sonero Mayor, de Doña Margó, de las caras lindas y de todos. También se trataba de mi familia, de los muchachos de la esquina y de los viejos negros de antaño que aún viven.

Se trataba de un rememorar, una bienvenida a celebrar el legado tan valioso, pues no es solo el sonero. Es Santurce, sus calles y callejones copados de ecos armoniosos que piden ser escuchados.  Se trata de contar historias. Esas de los viejos y no tan viejos. Justo cuando la performera se asomó por la reja de esa emblemática casa, supe que todo, todo era nuestro.

Awilda Sterling

 

Ese sentido de pertenencia de un pueblo sediento de un volver. Su poder performático y su gesto tan noble y orgulloso al mismo tiempo no tardó en sacudir cada alma esa tarde. Simplemente poético. Luego de tomar varios tragos, y celebrar aquello, miré a la esquina caliente, y allí,  otro grupo distinto al usual compartía. La tía con mi amigo, el viejo con el joven, el artista con el muchacho del punto, el chamaco de la esquina sonrriendo mientras nos veía bailar. La empanadilla. Una armonía casi perfecta.

Entonces la hermana del sonero me dijo: ” no sabes cuantos años llevo deseando darme una cerveza en esta esquina”. Nos abrazamos y sentí como si un candado se hubiese abierto. Algo se desató. Al final un muchacho me dijo: “sigan viniendo. Mira como han  puesto esto de bueno”. “No somos nosotros, es Maelo”,  -le contesté. El muchacho movió su cabeza en señal de afirmación y miró al mural pintado de blanco. Luego volvió a mirarme. Una sonrrisa cómplice puso punto suspensivo en los ojos de aquel muchacho y yo.