El Volar de mi Chiringa

Cuando el viento sopla fuerte en la orilla, ahí es que esta bueno para volar chiringa en la playa. Una Gayla de dos pesos con doble cabuya para que suba más alto y nos fuimos. Cuando el viento esta fuerte la chiringa se levanta sola. Y cuando está bien alta, es como si estuviera volando yo con ella. Un brinquito y me levanta sobre la arena, otro brinquito y me fui volando. Subo y subo hasta que estoy por encima de las palmas y de allá arriba veo toda la extensión de la playa, desde el Parque del Indio y los surfers de la Punta, hasta los Hobbies de Park Boulevard en Punta las Marías. Esa es mi playa. Nuestra playa. La playa del Machuchal.

Hay otras playas, seguro que sí, muchísimas más. Desde Boquerón a Jobos a Mar Chiquita, El Alambique, Piñones, Cerro Gordo, Luquillo, Media Luna, Flamenco, Ballenas, Guajataca, demasiadas para mencionarlas todas, y muchas más que son secretas y no se pueden ni mencionar. Muchas de esas playas tienen agua más clara, o mejores olas, o mejor buceo, o mejor pesca, o más de esto o menos de lo otro. Y seguro que ninguna de esas tenía una bomba que echara caca al agua a cada rato como tenía la nuestra por muchos años. Pero nada de eso importa. Esas otras no son esta. Esta es nuestra playa, la playa del Machuchal. Y ahí es donde me gusta volar mi chiringa.

Volando. ¿Quién lo diría? Después de tanto nadar. Porque mucho que nadamos. Con la corriente y en contra de ella, en mar que parece posa y mar con olas que si sacabas la cara a respirar a mal momento te tragabas medio galón de agua. Nadamos y también caminamos. Caminamos en la arena, pisando primero con el talón o por la orilla con las chancletas en la mano. Así caminamos desde Punta las Marías hasta el Parque del Indio. Y nadamos frente al Parque Barbosa, y jugamos futbol de playa frente a la Rambla del Almirante donde eventualmente Jimmy infiltró al corillo, y nos embadurnamos de Hawaiian Tropic o baby oil sobre un mar de toallas y sillitas frente a la Tapia o la San Miguel o la Santa Cecilia, jugando backgammon, tomando cerveza, y haciendo chistes con los mejores amigos del mundo. Frente a la bomba de la Santa Ana, Javier y yo vimos una salida del sol tan linda mientras nos bañábamos en ese mar del amanecer, que no nos dimos cuenta que alguien pasó y nos robó las billeteras de donde las dejamos en la arena. Y frente a la Yardley vimos a los primeros hombres besándose y un poquito más allá, no sé si la Atlantic o la Pacific (el embobe me confunde la memoria) vimos a la primera turista topless hablando con dos policías que no parecían tener ninguna intención de decirle que se pusiera la camisa. Y no sé porque, siempre pasábamos de largo la Carrión, la Taft y la Kings Court, tal vez por la prisa de llegar al Parque del Indio donde hasta ya de manganzones nos gustaba jugar en los columpios y tomar agua de la boca del león. Pero fue en la Elena y la Gertrudis donde me crie, en esa arena como si fuera un corralito de bebé.

Marisol, yo y Javier

Marisol, yo y Javier

En nuestra playa estaba la guardería de Mrs. Tormos, prácticamente en la playa, con palmas y arena a todo alrededor y mientras nos comíamos los Cheetos (¡Con dos dedos, por favor! decía Mrs. Tormos), olíamos el salitre y sentíamos la brisa del mar. En esa playa Marisol, Javier, Jay, Diana, yo y muchos otros nos enterramos en la arena hasta el cuello no sé cuántas veces, para después tener que sacar libras de arena del traje de baño con la manguera. En esa playa hicimos castillos y fuertes de todos los tamaños y estilos, y después los destruimos todos jugando a los gigantes. También hicimos guerras épicas con bolas de arena y entre esas guerras fue que descubrimos como hacer las mejores bolas de arena del mundo. Y después de tanto correteo, nos sentábamos a la orilla del mar y dejábamos que las olas poco a poco nos enterraran los pies en la arena.

Míralos ahí, allí están como si fuera yo mismo. Desde la altura de mi chiringa los veo, los hijos de mis primos, de mis amigos, de los vecinos, y mi hija también. Y los hijos de ellos, y los hijos de esos hijos, generaciones de niños jugando en la arena y en las olas. Haciendo igual que hicimos nosotros, que dejamos que las olas nos arrastraran por la orilla como quisieran. Que corrimos lo más rápido posible hacia el mar, y brincamos por encima de las olas hasta llegar a una que era muy grande para brincar y le dimos de pecho o tratamos de dar una vuelta de carnero por encima mientras rompía. A veces rompíamos la ola y a veces la ola nos rompía a nosotros. Así aprendimos a revolcarnos en las olas, y saber distinguir el sol y el aire que estaba hacia arriba y la arena dura que estaba hacia abajo mientras la ola nos daba vuelta tras vuelta. Mucho llantén que hubo con arena en los ojos y mucha agua que tragamos por boca y nariz para aprender esas cosas.

Sí, porque también hubo dolor en nuestra playa. Aunque Mafúz no lloro la vez que se dio sendo tajo en un pie con algún cristal o caracol en el fondo del mar y mi mamá tuvo que llevarlo volando a la sala de emergencia del Presbiteriano donde le cogieran varios puntos en el pie. Allí también fue que Jay más de una vez se metió al mar teniendo un yeso en el brazo y también hubo que correr a que el doctor le pusiera uno nuevo cuando el yeso se deshizo en el agua.

En nuestra playa aprendí a bodysurfear y después a guaipear dándome tortazos y moretones contra la arena mojada de la orilla. Después vinieron las morey boogies con Juan Carlos y Jay y por un tiempo la tabla gigantesca de surfear de René en la cual aprendí a surfear. Y poco antes de irme a los Estados Unidos vino la fiebre de windsurfing y Mafúz tenía una tabla y ahí nos pasamos los días completos de ese último glorioso verano, windsurfeando de un lado al otro de la playa. Y ahora desde mi chiringa veo que los muchachos han amarrado unas súper chiringas a sus tablas de windsurfear y vuelan casi tan alto como voy yo. De aquí los veo claramente cuando agarran una buena ráfaga, con la sonrisa de oreja a oreja. Igual que la mía ahora mismo mientras voy flotando al libre viento sobre nuestra playa.

Pachu con un tinglar.

Pachu con un tinglar.

Desde aquí arriba veo los manatís y las picúas y las aguavivas y todos los pececitos que nadan en nuestro mar. Y los tinglares que llegan de noche a poner sus huevos. En esa playa mi abuelo, Pachu, y mi mamá y muchos otros ambientalistas han protegido y ayudado a cientos de tinglaritos a que encuentren el mar sin percance.

Esa es mi playa. La playa del Machuchal, mira que bella se ve desde esta altura al amanecer, mira aquel grupito haciendo yoga y aquella pareja jogeando y otros caminando por la orilla para empezar su día con un poco de sol y salitre. Después más tarde vendrán los corillos a jugar paletas o volibol o a tirarse en la arena a leer o hablar, y vendrán algunos vendedores ambulantes con sus refrescos y cervezas. Y míralos al atardecer, el sol poniéndose y los que quedan dándose un último chapuzón antes de irse a sus casas. Y entonces cae la noche…

La noche llena de estrellas y a veces fogatas, sobre todo la noche de San Juan. Muchas fogatas que prendimos y nos sentamos alrededor a comer marshmellows y después de más grandes a pasar la botella de vino o la de ron y nos tiramos al agua de espalda siete veces, todos agarrados de manos en una fila que se perdía en la oscuridad. Después vinieron los tambores y las batucadas que parecían durar toda la noche y a veces dos. Una de esas noches di mis primeros besos bajo la luna llena con arena incomoda por todas partes.

Todos crecemos y el mundo crece también y yo me fui a ver hasta donde llegaba, solté mi chiringa y la dejé volar. Pero a veces cuando me acuesto a dormir, me hace falta oír el romper de esas olas que me arrullaron noche tras noche por tantos años. Hasta el día que me duerma en mi chiringa, y me vaya bailando con el viento, volando sobre las palmas y oyendo el romper de las olas. Así que cuando veas mi chiringa volando libre por ese cielo azul, salúdame y tírame un beso.

Publicado originalmente en el blog del autor: Cuentos del Barrio Machuchal.