Entre bares, chinchorros, Santurce y la noche

Sabía que el regreso prometía mucho… Hace dos semanas que regresé de Madrid; cuatro años de malasañeo, copas, fútbol, tapas y mala vida que, en la capital española, es la mejor manera de vivir. Atrás había dejado otro país, aquel Puerto Rico de hace cinco años que en realidad mucho y poco ha cambiado. Sin embargo, había dejado asuntos por resolver. Suele ocurrirme que cuando estoy fuera del país, además de echar de menos a la familia y los amigos, echo de menos los lugares, aquellos viejos o nuevos lugares que nos hacen sentir parte de un algo, que nos hacen regresar.

 

Y aquí estoy, lidiando con la necesidad del carro, por la avenida Ponce de León, de camino a la Placita un jueves por la noche. Retumbando en mi cabeza está esa frase tan nuestra que nos sirve siempre de excusa: “A dar una vuelta pa’  ver lo que aparece”. Le he prometido a una antigua amiga, aunque más que amiga y antigua es una asignatura pendiente, que la recogería de camino. Paula, 28 años, más negra que blanca, cabellos rizos y ojos oscuros como esta noche santurcina que para nada ha cambiado desde que la cambié por otra. Con la transformación de la ciudad por bandera, me decía Paula que Santurce había cambiado mucho desde entonces, que era el lugar a donde todo el mundo iba ahora. Me hablaba de esa cosa “cool” que, en realidad, poco me importaba siempre y cuando la noche terminara donde mismo comenzaba: en su casa, en la calle Parque, cerquita cerquita del Josco y al que ella siempre se refería, por alguno de esos complejos que por allí heredan quienes allí viven, como “cerquita de Condado”, aunque a mí me parece más acorde con Río Piedras.

La placita sigue igual que antes, con alguna que otra ínfula extra de grandeza con toda esa innecesaria iluminación. La gente se pasea de bar en bar, como siempre, pero se respira un aire algo distinto. Un aire de “colegueo”, de ser “buena gente” para no meterse en problemas con nadie. Eso gusta, lo comparto. Nos dimos un par de cubas libres en Piropos, que siempre sirve para causar una buena impresión: terraza, musiquita, aire libre y palos a $5 o $6.  De ese tipo de sitio sobre el que mi hermano, tipo que conoce de la noche, se refiere como “bueno pa’  llevar una jeva”. Algo me dice que ustedes me entienden.

 

Luego de allí, y de un par de copas, continuamos caminando hasta que se juntó en una misma esquina algo interesante: bailoteo salsero en Taverna Los Vázquez y justo enfrente Fat Tuesday, bailoteo de música electrónica. Las edades también cambian entre un sitio y el otro, pero a mi edad tengo la dicha de no ser demasiado joven para la salsa ni muy viejo para la electrónic. Al menos es lo que yo me creo. La fórmula estaba ahí. Salsa, chichaítos, cervezas en la Taverna, cruzar la calle, electrónica y las yardas de cócteles del Fat Tuesday. Los bailes y las sonrisas en la cara de todos en este último me hacían pensar que es allí donde se termina el jangueo de la Placita, para nosotros apenas estaba comenzando.

 

Primera crónica de una serie de cuatro sobre el jangueo santurcino.