La Casa Abandonada

“Tuvo que haber una familia fantástica viviendo aquí, pienso. Una familia con niños y tíos y abuelos. Y padres preocupados por sus hijos. Y una cocina con olor a arroz con pollo. Y una hija que se sentaba aquí. Como yo. A mirar los árboles y sentir la presencia de esta, su casa.” Todos los Domingos, Magali García Ramis

En el barrio Machuchal de mi niñez había varias casas abandonadas; los dueños desaparecían y nunca más volvían. Las casas se quedaban vacías, a la merced de las yerbas, los lagartijos, y misteriosos individuos, tecatos, vagabundos, transeúntes, que nadie nunca veía, pero que todos los adultos decían que hacían cosas malas y feas en esas casas sin dueño. Los adultos las miraban con despecho, pacientemente esperando a que alguien se mudara, arreglara las puertas y ventanas, y pusiera el torbellino de maleza y maldad en orden. Entonces volverían los niños a jugar en sus patios y los adultos a sentarse en sus balcones.

En mi calle, la Gertrudis, había una casa abandonada. Una casa grande de dos pisos, con patio todo alrededor y grandes balcones. Se decía que en una época había pertenecido a la familia García. En esos tiempos que estaba ocupada, le decían “la casa de las muchas” porque eran muchas las hermanas que vivían allí. Pero un día los García salieron y no volvieron más. La grama creció y creció, las ventanas empezaron a romperse solas, la basura se acumuló misteriosamente y sombras se paseaban por dentro sin que nadie las viera. Y aunque estaba en nuestra calle, parecía estar en otra dimensión. Era como un portal mágico a un mundo de fantasmas y monstruos del cual solo nos separaba una verjita de cemento de tres o cuatro pies de altura con un portón viejo cerrado con una cadena mohosa que nadie había abierto en siglos y siglos.

La casa abandonada estaba frente a casa de Jay casi al final de la calle, y era trasfondo de muchos de nuestros juegos de calle y marquesina. Nosotros éramos aventureros, pero nunca nos metíamos en la casa abandonada. Solo la mirábamos con respeto y de lejitos y ni nos gustaba jugar mucho de ese lado de la calle.

Hasta que un día, Edward y Mandy decidieron que ya, que eso de los monstruos y tecatos eran cuentos de la gente grande, y que había que meterse allí de alguna manera a ver qué era lo que de verdad había adentro. Además, ese sería el sitio perfecto para nuestro club secreto.

Ese día estábamos jugando Jay, Edward, Mandy y yo, y Mandy dio la orden: Vamos a meternos.

Edward estuvo de acuerdo, mientras que Jay y yo no teníamos más remedio que seguirlos pues, siendo dos años menores, en verdad no teníamos voto en el asunto.

Salimos camino a la casa muy pendientes que nadie nos viera, y lo más rápido posible, brincamos la verja de cemento.

Al encontrarnos en el patio, nos sentimos más seguros ya que la gente grande no nos iba a poder ver a menos que estuvieran frente a la casa y miraran en nuestra dirección. Ahora el único peligro era el que estaba frente a nosotros, la casa.

Empezamos a cruzar el patio y los matojos silvestres se nos enredaban en los pies como tratando de evitar que siguiéramos avanzando. Si hubiéramos sido una película de horror en el Grand, la audiencia hubiera estado gritando ¡No sigan, viren! Pero Mandy iba al frente abriendo paso, y sin miedo. Caminamos por el lado de la casa buscando alguna manera de entrar. No sé porque ni siquiera tratamos la puerta del frente. Fácilmente estaba abierta, pero la ignoramos.

En el patio de atrás, los matojos estaban más grandes todavía y había muchos escombros y una casita como para herramientas de jardín. Todo era moho, cemento gris y matojos secos. Y todo permeado de olor a viejo y abandono.

Mandy encontró una ventanita alta que estaba abierta, casi como un hueco en la pared.

Por aquí, por aquí entramos, dice Mandy, los más chiquitos primero.

¿Que como? dije yo, siendo el más chiquito del grupo.

Ustedes no se pueden subir solos, así que tenemos que ayudarlos, dijo Mandy, y entrelazo sus manos para darme un calzo.

Su lógica era infalible, y su liderazgo indiscutible. Uno a uno nos metimos por la ventanita, y después entro Mandy, subiéndose por la pared como si lo hubiera hecho cien veces.

Adentro lo que más recuerdo eran papeles. Papeles y más papeles tirados por todas partes. La luz entraba difícilmente por las ventanas sucias y cada paso que dábamos levantaba un polvorín que se quedaba flotando en el aire como un millón de mimes fantasmas. Estábamos buscando algo interesante, pero no había nada, solo papeles. Yo busque entre los papeles a ver si había alguna carta de alguna de las hermanas o alguna huella de la familia que había vivido ahí, pero nada, solo cuentas, carpetas, y papeles de oficina. Había que subir al segundo piso, allí seguro que estaban los espectros de las hermanas y las cosas de valor.

La casa tenía una escalera central grande, de madera y por ahí empezamos a subir. La escalera completa crujía bajo nuestros pies.

Con cuidado, dijo Mandy, y de momento se le va el pie hasta el tobillo por un escalón podrido. Lo sacó y siguió subiendo. El resto tuvimos que vadear ese escalón y con cuidado llegamos al segundo piso.

Mas papeles, pero entonces encontramos algunas botellas y latas de cerveza. Alguien había estado aquí. Y en un cuarto de atrás había un gavetero. Era el único mueble que había en la casa. Había que abrirlo. Adentro seguro había cosas importantes. Pisando con cuidado, nos acercamos, hipnotizados por el mueble que parecía pertenecer a otra época y estar protegido por alguna magia. Ya estábamos cerca y estirando las manos para abrir la gaveta cuando alguien grita a toda voz, ¡El diablo!

Y patitas pa’ que te quiero. Bajamos las escaleras de cuatro en cuatro sin pensar en lo podridas que estaban. Brincamos por la ventana casi sin usar las manos. Corrimos a través del patio en dos pata’as y como si fuéramos brinca vallas olímpicos, volamos de un salto por encima de la verja de cemento y caímos plantados en el medio de la calle. Respirando hondo, Jay y yo nos dimos media vuelta y nos encontramos que Edward y Mandy estaban meandose de la risa en el patio de la casa abandonada.

Ahí caímos en cuenta del chistecito. Y que se va a hacer, nos reímos también. Pero hice nota de lo rápido y eficazmente que salimos de esa casa cuando pensábamos que el diablo nos perseguía…

Años después, con bicicletas y libres de pasear por el barrio, hubo una época que si veíamos una casa abandonada, había que entrar. En la Elena había una. Otra en la Cacique. Otra en la Yardley. Estaban por todas partes, y casi todas accesibles sin mucha dificultad. Muchos del grupo creo que iban simplemente por la aventura. Solo Mafúz llevaba siempre una lata de pintura de aerosol para dejar su marca de grafiti en alguna pared. Yo, por mi parte, siempre estaba buscando alguna pista de los habitantes que habían vivido en las casas. Algún rastro de una familia fantástica, con padres preocupados por sus hijos. Con una cocina con olor a arroz con pollo. Con una hija que se había sentado allí, que había mirado por las ventanas, que había escrito cartas y había soñado con alguien que viniera a visitarla.

Pero todas estaban vacías, todas menos una. Ya adentrados en la adolescencia encontramos en la calle McLeary, casi llegando a la Taft, un edificio abandonado. Siempre había estado allí, pero nunca nos habíamos percatado que estaba abandonado. Era un edificio grande, viejo y despintado, de cuatro o cinco pisos. Encontramos como entrar e inmediatamente decidimos subir hasta el último piso. Imagínense nuestra sorpresa al llegar a lo más alto y encontramos a un grupo de muchachos y muchachas allí jangueando, como si estuvieran en su casa. Mayores que nosotros aunque no creo que por mucho, estaban allí sentados tomando cerveza y fumando. Creo que alguien del grupito mío reconoció a alguno de ellos y pues todo estuvo como en familia. Nos quedamos un rato haciendo la visita, dijimos adiós y nos fuimos. No sé si eran secretamente monstruos o tecatos de algún tipo, pero a fin de cuentas me parecieron todos muy humanos.

Poco después tuve un sueño en el que era novio de una muchacha que solo conocí en ese sueño, y vivíamos en un edificio abandonado en la playa, tal vez el de Ronnie Jarabo. Nadábamos en el mar y recorríamos las playas y todos los edificios que daban a la playa estaban abandonados pero en todos vivía gente con familias, niños, amigos, reuniones, arte, música, jardines, y mucha alegría. Y me desperté muy contento pensando en si esa vida sería posible.

Nunca más volví a entrar en casas abandonadas hasta muchos años después que conocí a squatters en Loisaida en Nueva York. Ellos vivían en un edificio abandonado de diez o quince pisos, pero tenían agua potable, luz eléctrica, teléfono y todas las amenidades de la vida moderna. Allí vivía una comunidad completa con familias, niños, amigos, reuniones, arte, música, jardines, y todo lo que uno espera de una comunidad vibrante y activa. Tenían diez años para vivir ahí, y todos sabían que cuando se acercara el décimo año, iba a llegar la policía a botarlos porque si no se ganarían el derecho a la propiedad ocupada. Pero en diez años se puede hacer mucho. Y así vivían, sin pagar renta en la gran ciudad de Nueva York.

Hubo un tiempo que no se veían muchas casas abandonadas en el barrio, pero en los últimos años han vuelto a aparecer por todas partes. Me pregunto si los nenes chiquitos se meten en ellas como nos metíamos nosotros, el mundo parece mucho más peligroso hoy en día, pero no estoy convencido de que lo es. No sé.

Lo que sí sé, es que en el 2012, un grupo de vecinos se puso de acuerdo para limpiar y sembrar en una casa abandonada de la calle Taft. Desde ese día han seguido trabajando mano a mano y han logrado involucrar seriamente a la comunidad en una iniciativa que es hoy la Casa Taft 169, un importante centro comunitario del Barrio Machuchal.

*Publicado originalmente en el blog del autor: Cuentos del Barrio Machuchal