La moda en la Loíza

Puede que la moda en la calle Loíza parezca algo “trendy”, pero en realidad no lo es. Desde hace medio siglo, la moda late por esta arteria santurcina.

 

En esta vía existe gran variedad de tiendas de ropa dirigida a todos los niveles socioeconómicos. Su estilo ecléctico va desde lo más ‘hypster’ hasta lo más glamoroso. Son varios diseñadores locales de alta costura los que enaltecen la imagen de este sector como un pequeño distrito de moda.

 

En el 1750, un edificio de tres pisos, se impone el centro de modas más importante de la Isla: la escuela de diseño y alta costura de Carlota Alfaro. El epicentro de la moda.

 

Durante 45 años, este lugar ha sido el corazón por el cual han pasado más de 20 mil estudiantes y del cual han nacido diseñadores de la talla de Carlos Alberto, Harry Robles, David Antonio y Lisa Thon.

 

“Llegó un momento en que daba clase a 250 estudiantes a la misma vez, imagínate”, recordó la exitosa “Maestra de maestros” y diseñadora con una trayectoria de 60 años. En la década de los 80, llegó a emplear más de 50 personas mientras se vendían sus diseños a 253 tiendas por todo Estados Unidos como Saks Fifth Avenue y Bloomingdale’s.

 

Hoy día su escuela, con 13 empleados, continúa siendo un pilar que nutre la industria de la moda educando a cientos de jóvenes anualmente. A su alrededor, se extiende en ondas una pequeña industria conformada por varios diseñadores.

 

A la derecha de la escuela de Carlota se encuentra, desde hace 15 años, el atelier de su discípulo Harry Robles, distinguido por su histriónico talento de alta costura y artífice de elaborados trajes de noche, los cuales pueden llegar a costar más de cuatro mil dólares.

 

Harry, entiende que el área de Condado “se ha ido expandiendo y Calle Loíza ha cambiado mucho, ahora se conectan los restaurantes y lo puedes caminar todo”.

 

Según el modisto predilecto de las socialité, este lugar aún mantiene esa esencia de pueblo “pintoresca y urbana” pero presenta un gran crecimiento, visita de jóvenes y apertura de “riquísima comida”.

 

La clientela más extensa del lugar la tiene Harry. Algunas visten sus diseños desde que comenzó su carrera.

 

Harry, al igual que Carlos Alberto, permaneció varios años trabajando desde el taller de Carlota, pero ambos tuvieron que irse y desarrollar sus propios talleres. Según Carlota, “llegó el momento que tenían más trabajo que yo. Brillaban por luz propia”.

 

En aquel entonces, Harry, encontró un local que quedaba cerca de Carlota y que resultaba económico, por lo que durante un tiempo se dividía entre su taller en un edificio y su boutique en otro. Eventualmente, movió su taller a la boutique donde ahora está ubicado y emplea a cinco personas.

 

A pocos pasos se encuentran el taller del maestro de la moda masculina, José Raul, establecido hace cinco años y con un clientela joven, profesional, urbana y con un moderado poder adquisitivo. En el próximo bloque se encuentra Pipo Pere con un estilo dirigido a una clientela juvenil y femenina y confección de trajes de baño.

 

“Cada cual va dirigido a un mercado distinto, Carlota es una eminencia, Harry tiene otra clientela. El que estemos todos en un solo lugar, lo hace más interesante y atractivo”, explicó José Raul.

 

Mientras buscaba un local para establecerse hace cinco años, el modisto vio un gran potencial en el área por la presencia de los otros diseñadores por lo que decidió mudarse.

 

Entiende que aunque a otra escala, el lugar podría asemejarse a ciertas zonas en Nueva York “donde están todos los diseñadores cerca”. Harry va más allá y entre risas dice “es como el Soho del futuro”. Ambos resaltan la ventaja de poder  tener una amplia oferta de mercados como farmacias, gasolineras, bancos, pero especialmente restaurantes de todo tipo, desde cafeterías hasta “fine dinings”.

 

Claro está, distritos de moda como el de Nueva York, París y otras ciudades funcionan como ecosistemas a gran escala interactuando entre sí una serie de negocios como ateliers, “show romos”, telares y restaurantes pero con una cultura dirigida conscientemente a este propósito.

 

Aunque a menor escala en la calle Loíza funciona un modelo económico basado en la moda, aunque no se reconozca a simple vista. En calle Loíza hay un impacto económico de este sistema tomando en cuenta el prestigio que los diseñadores aportan al lugar, el número de empleados y de clientes que generan, así como la conversación económica con los otros comercios.

 

Otros espacios como Kamoli Boutik y Huma, promueven el talento de diseñadores noveles con piezas de Verónika Pagán, Yayi, Joe de Opium y con accesorios de Arana, Mira Melinda y Peke.

 

Karen Redondo, diseñadora y propietaria de Kamoli, ubicada al lado de Carlota desde hace tres años, ha estado ocupada manejando su restaurante, pero espera retomar pronto su carrera como diseñadora y vender sus propias piezas en la boutique.

 

Redondo, quien emplea a ocho personas, explica que su deseo era “abrir un espacio para que los artistas locales expusieran su arte”. Al abrir su boutik/cafetería alguien le dijo “aquí no hay Dios que levante la Calle Loíza”, pero fue visionaria y creyó en el potencial del lugar. Al igual que Harry y José, ella entiende que el resurgir de la calle se debe al gran flujo de jóvenes y turistas. Otro factor es que el lugar recibe muchos artistas y ellos “tienen visión, cogen un lugar como calle Loíza y lo transforman”.

 

Carlota tiene también su boutique y galería ubicada en el primer piso de su edificio donde aparte de sus piezas, alberga prendas de otros diseñadores como Sonia Rivera, Jose Manuel Bow y Jorge D. Zepenfeldt. Además tiene obras de pintores, artesanos, escultores y diseñadores de joyas.

 

Representando el contraste de esta calle, se pueden encontrar también tiendas de moda industrial de bajo costo como Me Salvé y La Nueva Era y otras que venden piezas importadas como Pedro Serrano, Ninfas y UM Sale.

 

El resurgimiento de calle Loíza es producto de una histórica trayectoria del lugar que fue considerado, según Carlota, como el “distrito comercial de Puerto Rico”. Con la tienda más grande por departamentos que existía antes de la apertura de Plaza las Américas, Almacenes Infanzón, al igual que decenas de otros comercios, calle Loíza se imponía como centro económico. Por diversos factores como la apertura de centros comerciales en otros lugares, calle Loíza fue perdiendo auge.

 

Sin embargo, esta calle posee su principal atractivo desde hace medio siglo: la ubicación y el costo de alquiler. Carlota pagaba dos mil dólares por un piso en Santurce en la década del ’60, cuando se enteró del alquiler de ese edificio en calle Loíza por 250 dólares mensuales se mudó y eventualmente lo compró con la ayuda financiera de una clienta.

 

Indiscutiblemente la moda ha sido vital para su supervivencia. Por muchos años han existido telares, tiendas de ropa por departamentos, de ropa interior, boutiques, tiendas de máquinas de coser, y claro está, los diseñadores.

 

Hoy, en la calle Loíza, la moda continúa siendo el pulso de una comunidad que viste con sus mejores galas.

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