La Mamá de Alfonso Torres

Llegó un día en que Alfonso Torres llevó a su madre a su casa y la dejó allí, y se fue a recorrer los caminos del mundo, a aprender de la vida, y hacerse un hombre. Le dio un beso en la frente y le dijo, no te preocupes mamá que yo voy a estar bien, ya me puedo defender solo en la vida.

La Señora Torres se quedó en su casa, la casa grande en la loma de la calle San Jorge. Por esa calle, todas las tardes, lluvia o sol, ella bajaba sola hasta el parque, cruzaba el parque entre los palmares y llegaba hasta el paseo Borinquen donde se sentaba en un banco a mirar el mar y a ver los barcos pasar. En ese seguro que vuelve Alfonso, pensaba cada vez que pasaba uno. Ya van varios días que se fue y seguro que ya mismo está de vuelta.

Y así pasó el tiempo y Alfonso no volvía. Pero todos los días pensaba lo mismo cuando veía un barco de los bien grandes pasar. Tal vez en ese barco vuelve Alfonso, ya van varios años desde que se fue. ¿Sera que nunca va a volver?

Un día mientras estaba sentada en su banco, una mariposa pasó volando cerca de ella y le dio una vuelta como si fuera una flor. La Señora Torres extendió la mano, y la mariposa se posó en su palma. Ella la miró detenidamente, sus delicadas alas anaranjadas y negras, con su enrevesado patrón. La mariposa abrió y cerró sus alas como tratando de decirle algo. La Señora Torres levanto su mano hasta tener a la mariposa solo a pulgadas de su cara. Miró su carita de insecto, sus antenas alertas, sus patitas frágiles. Y con la otra mano le dio un manotazo que la destruyo en cantos. Pedacitos de alas volaron por todas partes. Se limpió la mano en el traje, se levantó y volvió a su casa y ya nunca más se sentó en el paseo Borinquen a ver los barcos pasar.

¿Alfonso porque me has abandonado?

Y con esa pregunta empezaron los años de dudas. Mea culpa, mea culpa. Por no darle un padre. Mea culpa se castigaba, por no darle más independencia. Mea culpa ayunaba por días, por mimarlo demasiado. Mea culpa pasaba noches enteras rezando de rodillas preguntando porque.

Las dudas se multiplicaban con cada persona con quien hablaba. Cuando le preguntaban por Alfonso, era para culparla. Cuando no le preguntaban, ya la habían culpado. Cuando leía el periódico todas las noticias eran sobre Alfonso. Hasta que un día se hartó y ya. Cerró todas las ventanas, y nunca más salió de su casa.

Se dedicó a su jardín. La casa tenía un jardín interior muy amplio que poco a poco se fue expandiendo por dentro de la casa a todos los cuartos. Hasta que la casa completa era un jardín lleno de helechos, crotos, orquídeas, cariaquillos, cruz de maltas, amapolas, canarias, y frutas y vegetales de todo tipo. Allí la Señora Torres encontró consuelo en la pureza de sus relaciones, y Alfonso se convirtió en un distante recuerdo en su corazón.

Tau flores, les decía por la mañana. Pétalos güey, decía por la tarde. Ni limpia, por la noche. Quita rama cuyo ni seca. Y así hablaba con sus plantas todo el día, y fue formando su propio idioma con ellas y se entendían perfectamente.

Entonces un día Alfonso regresó. Tocó a la puerta y al ella no contestar entro con la vieja llave que todavía estaba debajo de la piedra. Encontró a su madre en el jardín podando la trinitaria. Hola mamá, le dijo.

Ella dio media vuelta pero no lo reconoció y se volvió otra vez a podar la trinitaria. Rebelde, maca rebelde, mohiti corta la puya, así así que ya boya güaibá.

Soy yo, mamá, le dijo Alfonso, tu hijo.

Operito, dijo ella, pero el no entendió lo que decía.

Alfonso trató de hablarle por un rato, pero al final decidió que estaba loca. Así que llamó al Dr. Enrique Sánchez Álvaro, un amigo de la infancia que ahora tenía una exitosa práctica privada en el Condado. El buen doctor vino tan pronto pudo y trató de hablar con la mamá de Alfonso, pero tampoco le entendió lo que decía. El doctor le dijo a Alfonso que su madre estaba muy enferma y que necesitaba cuidado 24 horas al día.

Debes de llevarla al Asilo de Beneficencia, o si prefieres, puedes contratar una enfermera que venga a vivir con ella en su casa y la cuide. Sería más caro, pero ella recibirá mejor cuidado que en el asilo.

Alfonso había oído cuentos sobre el asilo.

Está bien, Quique, pues vamos a contratar una enfermera. ¿Tú te puedes encargar de eso, verdad? Y que envíen la factura a Tiberio Perez Rodriguez que lleva mis cuentas.

Entonces Alfonso fue al patio, le dio un beso en la frente a su madre y le dijo, No te preocupes mamá que tú vas a estar bien, ya no vas a estar sola en tu casa. Y volvió a irse a recorrer los caminos del mundo, a aprender de la vida, y ser un hombre.

La enfermera llegó. Leocadia era una jovencita de Jayuya que había trabajado en el asilo y estaba muy feliz de tener la oportunidad de trabajar en una casa con solo una persona que cuidar.

Leo era un amor y poco a poco aprendió a hablar con la Señora Torres. Se sentaban en el jardín y tenían largas conversaciones sobre el amor y la muerte. Y se querían como abuela y nieta. Así vivieron juntas por muchos años, hasta que una mañana, mientras regaba el jardín, la mamá de Alfonso Torres murió.

El doctor Sánchez Álvaro le mando la noticia a Alfonso y este volvió al barrio a hacer los arreglos para el entierro. Leocadia lo recibió a la puerta de la casa y sin menguar palabras le dijo que todo ya estaba arreglado para el entierro. La Señora Inés Torres quería ser enterrada con sus rosas en el jardín y no quería que nadie asistiera a su funeral. La ceremonia iba a ser oficiada, desde el borde del patio, por el Padre José de la nueva iglesia de San Jorge.

Si usted quiere venir a la ceremonia, le dijo Leo, puede asistir junto a Padre José desde el borde del patio. La Señora no quiere gente pisoteando el jardín.

 

 

Publicado originalmente en el blog del autor: Cuentos del Barrio Machuchal.