Larga la noche

La noche santurcina pintaba bien. La Paula tenía unos cuantos palitos encima en una noche que, sin duda, sería cualquier cosa menos corta. Salimos de la calle Loíza con la idea de irnos a su casa y yo no pensaba en detenerme en ningún sitio, pues había salido preparado desde mi casa. Las calles estaban tranquilas, pero oscuras. Sin embargo, esa oscuridad de Santurce es para mí como las calles grises de Madrid. La oscuridad santurcina siempre me invita a disfrutarme la noche, me hace abrazarme a la nocturnidad como si cada noche me preparara alguna sorpresa. No lo sabía yo bien.

 

Entramos por la calle del Parque y le pregunté a Paula sobre una nueva librería, de la que escuché, en la Ponce de León. Se llama AC Libros y me dice ella que, además de libros, es buen sitio para tomar un cafecito o beber y comer algo, mientras se tienen buenas conversaciones. Pocas librerías abren sus espacios hasta las 10pm. Es una asignatura pendiente.

 

En un movimiento desesperado le pregunté a Paula que si buscaba estacionamiento. “¿Para qué?”, me respondió, en una pregunta-respuesta que sacudió todo mi plan. Me temí lo peor, y sutilmente le respondí: “Para que no vayas sola a tu casa”. No me dijo nada y retomé las esperanzas. Cuando llegamos a su casa estacioné frente a la entrada y la miré con ojos de pena. Me dio un besito en los labios y me dijo: “Gracias por hoy, la pasé súper”. Abrió la puerta y se marchó. Desde el carro la vi perderse al cerrar la puerta. Se me cayó todo y no me dijeron si quiera “llámame un día”. El mundo se me iba a la mierda, pero miré a mi alrededor y me prometí que tenía todo Santurce y la mitad de la noche para seguir. Si algo me ha enseñado la noche, sobre todo durante los años que viví en Madrid, es que hay visitarla tarde, pues las mejores gentes se consiguen a las peores horas.

 

Bajé hasta La Respuesta, uno de estos locales en la calle Fernández Juncos en los que casi siempre, no importa qué día de la semana, hay algo que hacer. Siempre hay DJ´s o salsita, o rock, en fin, que merece la pena estar pendiente a lo que tienen en agenda. La barra es grande, y es un sitio con mucho espacio. Sin embargo, hay una parada de chinchorreo antes de entrar a La Respuesta. Si se sigue bajando por la calle del Parque, a mano izquierda hay un chinchorro, de estos típicos de Santurce, que hace esquina. Es un bar de esos de “mala muerte”, con vellonera a todo dar y dos mesas de billar. Se llama Nellylandia, y la gente ha cogido la costumbre de irse para allá a beber barato, para luego inventar otra cosa. En verdad, vale la pena, pues no conozco otro sitio en donde los palos empiecen en $1.50. Pero quedan advertidos, es “chinchorreo full”. Al final seguí a La Respuesta, a “ver lo que aparecía” mientras bailaba la música de DJ Velcro.

 

Salí de allí con unos panas que me encontré de aquellos tiempos en que estudiaba por acá. Me hablaron de otro sitio, El Local, en la Fernández Juncos. De camino, conocí a algunos del grupo a los que no conocía. Les conté de Paula y de mis intenciones fallidas. Entonces me dijeron que no me preocupara, que me olvidara de eso, que acatara su plan, el cual, en algún punto de la noche (probablemente el final) prometía ir a bailar a una disco gay.

 

Tercera crónica de una serie de cuatro.