Leer a Santurce

Para conocer una ciudad no basta mirarla desde la comodidad de un vehículo en movimiento, desde la suavidad de un mullido sofá de un apartamento o sentados en el sillón de un balcón. Tampoco basta una visita al cine, Bellas Artes o una de las escasas tiendas que tercamente permanecen en las avenidas principales y salir despavoridos una vez termina la actividad. No es suficiente entrar y salir sin contaminarse. Para conocerla, para conocer cualquier ciudad, hay que pisar sus calles y callejones y ‘echar una tenis’ por sus laberintos, dejar el auto y practicar ese viejo placer de caminar. Para conocer una ciudad debemos también conocer su historia, conocer los gestos y señales con que las distintas generaciones marcaron su paso y sus procesos de vida en sus paredes y espacios.

A falta de suficientes historias urbanas, las calles son nuestra mejor manera de adentrarnos a las ciudades para conocerlas y conocer los procesos que la marcaron y le dieron forma. Ellas cuentan las historias de la ciudad según se reflejan en sus espacios y edificios, en sus presencias y ausencias, en las maneras como la gente las utiliza. Pensando en esto, hace un tiempo me planteé como ejercicio físico e intelectual caminar por algunas calles de San Juan. Lo anterior, dicho sea, en contra de los comentarios de terror y sugerencias de algunos amigos para quienes la calle es un antro de peligro, perdición  y miedo, por donde solo es preciso pasar con el equipo de seguridad que representa el carro. Entre todas concentré mi mirada en la  la avenida Juan Ponce de León y más recientemente en la calle de Loíza incluyendo también los barrios que se adhieren a estas como ríos que desembocan hacia el mar.

Las seleccioné por varias razones. Ambas surgieron como ejes de circulación para enlazar la capital  con otras partes del país y como tales originaron la urbanización de sus respectivos territorios. La Ponce de León fue el conector de la isleta de San Juan con casi toda la Isla. La Loíza hizo lo propio con los asentamientos afroboricuas que desde Cangrejos llegaban hasta Loíza. Ambas representan dos facetas del desarrollo de San Juan, una asociada con ‘la loza’, la otra con la grifería y el proletariado. Por supuesto, no propongo una lectura simplista y libre de contradicciones y mestizajes. Ambas vías deben su desarrollo y riqueza a la mezcla de gentes, actividades y arquitecturas.

La ciudad de San Juan debe una parte importante de su desarrollo a la avenida Ponce de León, originalmente llamada la Carretera Central. Una parte significativa de la historia de San Juan está escrita en sus edificios, sus arquitecturas, las historias visibles y las enterradas en el subsuelo. Por siglos circularon por allí muchos de los productos, las personas e ideas que contribuyeron al desarrollo del país y de la capital.

Por su parte el desarrollo de las comunidades afropuertorriqueñas del sur de Santurce, tiene una deuda grande con la calle Loíza, originalmente llamada Camino de Loíza. No solo proveyó sustento para el desarrollo de barrios como Villa Palmeras sino que fue esencial en el desarrollo de otros asentamientos como Piñones y Loíza. Esto no significa que otras avenidas como la Borinquen, la Gilberto Monroig y la Eduardo Conde no sean importantes conectores, pero son de alcance limitado. Son calles locales. Recorren el barrio pero permanecen allí.

La avenida Ponce de León fue en el momento de su apogeo en la primera mitad del siglo XX, hasta la llegada del suburbio como modelo de urbanización, el centro comercial más importante de la capital, expresión de un nuevo modelo de desarrollo, ejemplo de la modernización. Allí como en un marco escenográfico se fueron juntando a lo largo de su recorrido gestos y acciones para promover la imagen de desarrollo que debía seguir el país. Fue la gran avenida del país en pleno proceso de desarrollo. Fue su modernidad sin embargo efímera y engañosa. Hoy permanece como un escenario inconcluso, incompleto, un monumento a la ciudad que no llegó a ser metáfora de un país dependiente de capital foráneo. Hoy es símbolo de la ciudad venida a menos, del sueño que no llegó a materializarse. La mezcla indiscriminada de edificios yuxtapuestos sin aparente orden ni consenso, el junte de gestos monumentales para esconder la pobreza, la mezcla de silencios y ruidos estridentes ausentes de mediaciones acercan más la avenida a las ciudades de los países en búsqueda de oportunidades de desarrollo que a la ciudad motora de un país desarrollado a la que aspiró ser. El capital global se fue a otra parte truncando las aspiraciones de su desarrollo como principal eje de actividad comercial, de espacios administrativos y lugares de ocio de la capital.

La calle  de Loíza es la contraparte de la avenida Juan Ponce de León, es una versión proletaria de una gran avenida. Los gestos arquitectónicos son opacos, parcos y baratos, referencias distantes de la arquitectura ‘de estilo’ de aquella. La riqueza arquitectónica se encuentra fuera de la avenida en los balcones de las casas de los barrios detrás de su fachada. La Loíza no tiene grandes edificios, ni espacios públicos. No obstante es más popular, convoca a una mayor cantidad de gente y de actividad. Es más local, más comunitaria. Es una calle de vecindario convertida en calle principal por su carácter de conector. Su relación con los barrios de Santurce le insufla una gran vitalidad, le da una razón de ser. La intensidad de la gente hormigueando, las vitrinas llenas pegadas a la acera, los lugares de actividad continua y la mezcla de usos hacen a la Loíza una vía viva. Esto sin negar los vacíos y el deterioro a la que ha sido también sometida en los últimos años.

Las ciudades las hace la gente al vivirlas y marcarlas, al ocuparlas con propuestas creativas. En Santurce una nueva propuesta cultural y comercial ha surgido a partir de la ocupación de locales por migrantes de origen dominicano y de proyectos culturales impulsados por jóvenes como  ‘Cinema Paradiso’ en la Calle Loíza y otros como ‘La Respuesta’, ‘La hoja’ y ‘Abracadabra’ en o cerca de la Ponce de León. Estos consignan un acercamiento renovado hacia el espacio público y presagian el desarrollo de una ciudad más habitable, más propicia para el encuentro. En otros contextos urbanos otras propuestas mantienen viva la idea de la ciudad como espacio de todos y todas. Menciono como ejemplo los Plenazos. Esta melaza pura de cueros y voces son una forma radical de reapropiar la ciudad y reclamar los espacios privatizados o enajenados por la inacción, el abandono, el uso abusivo y las acciones malintencionadas. Es una forma de volver a hacer ciudad, de construir nuevos lugares donde se afinquen otras maneras de ser y estar en público, otras maneras de asumir el ser ciudadano.