Macabra cacería de payasos en el carnaval de la Calle Condado

Texto Manuel Clavell Carrasquillo

Fotos Herminio Rodríguez

La enfermedad de la lunitis no ataca a los fanáticos de la fiesta callejera de Halloween que se celebra, espontáneamente, todos los años, en la zona rosa santurcina: ese tramo oscuro y decadente que baja, desde la altura del picapollo dominicano de la parada 18, en la avenida Ponce de León, hasta el cruce de los almacenes chinos en la Fernández Juncos. Todo lo contrario, si la fiesta pagana del 31 de octubre cae lunes, como esta vez, entonces los antiguos espíritus carnavalescos se apoderan con más fuerza de los asistentes y el evento pueblerino de orígenes noventosos se torna aun más “hardcore”.

13-unnamedAdemás del fuego interno que va quemándoles desde el primero de enero las cabecitas a los que les encanta disfrazarse para ser otras personas esa noche, y asustar gente, este año los llamados publicitarios para tirarse a la calle a hacer maldades alcanzaron niveles preocupantes, pues meses antes se corrió la voz a nivel internacional de que la jornada del terror simbólico sería presidida por payasos macabros.

10unnamedLos boricuas, como no nos perdemos una, nos unimos a la onda mundial del pánico. Se registraron en la profundidad rural de la isla varios asaltos a gasolineras y cafetines con maleantes disfrazados de payasos. Hubo “avistamientos” de estos seres pintorreteados, típicamente asociados con la comedia y las risotadas, alrededor de planteles escolares repletos de pequeñas almas inocentes que reportaron a las policías municipales del país su fantasmagórica presencia.

12-unnamedPeor aún, la crisis del temor a los payasos malos provocó una protesta de payasos buenos frente al Capitolio en Puerta de Tierra y la comparecencia del Superintendente ante los medios para condenar sin juicio a todo ciudadano que se atreviera a andar solo la noche de Halloween vistiendo una máscara de payaso. Los atrevidos serían detenidos brevemente para ser cuestionados, indicó el supremo oficial, absolutamente despreocupado del debido proceso de ley, y dando instrucciones específicas a los agentes para que desataran la cacería.

A pesar de este tajante decreto antipayasos promulgado por el establishment, y de la orden para redoblar la vigilancia y la circulación de patrullas con biombos azules, al filo de la medianoche se comenzaron a registrar los primeros “avistamientos” de los prejuzgados que iban a romper los esquemas arbitrarios y ridículos de la supuesta ley en la bacanal de la Calle Condado.

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Muchos tomaron como inspiración el personaje del Joker por la facilidad de reproducir sus rasgos y por su atractivo carácter psicótico.

11-unnamedSe soltaron los guasones entre una multitud de vírgenes, mártires, superhéroes y cientos de criaturas representativas del mundo y el inframundo, los intersticios torcidos entre la vida y la muerte, los callejones peligrosos de las tentaciones de la carne y las perdiciones del alma; ese mejunje urbano donde se entrecruzan en una pasarela de brea las perversiones con las represiones y las burlas con las advertencias gritadas a todo pulmón, y los preceptos con la subversión temporera del orden, la moral, los chismes, las fotos para subir a las redes sociales y los esquemas del qué dirán.

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Y así fue que se entregaron a las bajas pasiones, bebieron, fumaron, se tocaron nalgas y tetas, comieron empanadillas grasientas y, en específico, unas monjas zombies y empepadas, con ojos diabólicos y caras desorbitadas de “yo no fui”, se contagiaron con las payasadas, tiraron las primeras piedras de la gozadera; las mismas que cayeron a los pies de unos ositos felices, musculosos y coloridos que las recogieron y las volvieron a tirar.

6-unnamedEncendida la fiesta y la guachafita, muchos hacían las filas para entrar a la discoteca Circo y otros para refugiarse de las lloviznas en los negocios Escándalo y Juniors VIP. Los disfrazados buscaban juntarse con desconocidos que combinaran los motivos de sus disfraces, o que los echaran a rodar en interpretaciones alocadas tales como el soldado romano que se empeñaba en romper el encanto histórico de su faldeta de cuero con los pompones plásticos de la “cheerleader”, o el arlequín con los guindalejos de calaveras que se dedicó a permanecer triste por los rincones, fuera de la especie renacentista, alejado de los contextos teatrales venecianos que se esperaban de él.

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La deconstrucción carnavalesca de los juglares devino en payasos “dark’, contrarios a la idea renacentista y veneciana.

8-unnamedEn esta situación caricaturesca, custodiada por luchadores de lucha libre y paramilitares “undead”, no se puede perder de vista que no hay nada más perturbador que un payaso o una turba de payasos fuera de sí. Porque, en primer lugar, se supone que un payaso ya es un ser sacudido, desplazado, desde la supuesta “normalidad”, hacia la “anormalidad” de la cara pintada de blanco, el burdo “whiteface”. Es un estereotipo manchado por el color desbordado, la exageración de la boca, la torpeza de las manos y los pies, el discurso disparatado, idiotizado, con el sólo propósito de hacer reír y, dentro de ese estado alterado que es la risa, sacar a los espectadores de quicio hasta, quizás, conmover.

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Expulsados del inframundo y devueltos a Santurce, estos payasos sangrientos se apoderaron de la zona rosa de la ciudad.

4-unnamedPor eso, si ya ese payaso se altera más, y se le envía simbólicamente a la zona de los infiernos, se le tajea y se le corta, se le contamina con químicos desperdiciados de la sociedad postindustrial y se le ensombrecen los dientes con alguna sustancia putrefacta y se le afilan colmillos y uñas, y se le añade un gusto insaciable por la sangre, la violencia y el sadismo, el crimen; pues esa segunda salida de sí convierte al payaso de un personaje primario juguetón e inofensivo en un psicópata desalmado. Otro de los príncipes del horror.

14-unnamedJusto en medio de esa reflexión payasesca, mientras el fotógrafo y tú se enfocaban y se perdían en cazar los gestos desmedidos de una payasa ¿travestida?, grandota y vulgar, ocurrió lo inesperado: un fuerte olor a gasolina impregnó el área y unas mujeres extrañas se colocaron en formación, rodeando a una criatura sacrificial, ¿“anticrística”?, con la piel amoratada, que estaba coronada con espinas y amordazada con un bozal propio de las películas de ciencia ficción postapocalípticas mientras llevaba los brazos abiertos en cruz sosteniendo un madero metalizado con clavos incrustados.

0Tras la señal de la directora de la comparsa, las mujeres de ese harem que salió de la nada, y a la nada volvería, comenzaron a moverse lentamente, agitando con alta destreza las antorchas encendidas que portaban, como si fuesen abanicos o batones de malabaristas, de igual forma que se mueven los impostores protagonistas de un viacrucis católico pero, en vez de al ritmo del “pequé, pequé Dios mío”, al son de los sonidos de las “cadenas” y los “cascabeles” que portaban aquellas gitanas devenidas ponkas en sus caderas danzarinas.16-unnamedAl percatarse de aquel raro espectáculo, y al sentir el calor del fuego junto con el embrujo del aroma del combustible quemado, el pueblo pecador se dispersó espontáneamente hacia las aceras y se extendió a lo largo de las orillas para poder observar con detenimiento la danza macabra futurista que nos regalaban aquellos artistas en acción libertaria, cual gestores culturales invertidos y desaforados, sin carnet ni permiso de las instituciones y empresas culturales “concernidas” y muy preocupadas por regular y mantener el orden en los festivales patrios “edificantes”.

15-unnamedLas bailarinas anunciaban el paso del monstruo sacrificial por la calle de los dolores pero lo celebraban, le rendían una especie de pleitesía pagana que nos transportó a una realidad otra, alternativa, descontextualizada de la fritanga y la Coors Light, –pero sumamente ritual– que se develaba lentamente, tras cada maroma fuerte que hacían con las antorchas, luego de cada voltereta sensual y arriesgada que era contravenida por los curiosos que se abrían paso sin desbaratar el acto. Surgió entonces una exaltación del paganismo de la ceremonia completa, del rito de Halloween como tal, y un chorro de calor telúrico se llevó la frescura de la noche, envolviéndonos en un círculo inédito que contenía un desorden de lo divino, como si de momento estuviésemos entre el suelo y el subsuelo, compartiendo la victoria de los abismos creativos y destructivos de la imaginación, muertos en vida, dejándonos llevar por un torrente de energía oculta, descartada por la razón monoteísta, y entonces desencadenada por aquellas imágenes distorsionadas de lo antinatural en todo su antiguo y frágil esplendor.

17-unnamedPero no hubo crucifixión esa noche.

El fetiche no fue ofrecido en agradecimiento ni en súplica a dioses ni a demonios.

El éxtasis fue al mismo tiempo individual, colectivo y abstracto. Irreal y fantástico.

Duró sólo segundos, como un sueño, tras los que desaparecieron para siempre por los costados de la Calle Condado las bailarinas, el calor y los olores de la sustancia flamable.

Cuando regresamos a la avenida Ponce de León, todavía la policía buscaba payasos.

Nota de la Redacción: Herminio Rodríguez es fotógrafo y profesor de fotografía en la Universidad Interamericana. Manuel Clavell Carrasquillo es escritor, abogado y profesor de comunicaciones en la Universidad Metropolitana. Todas las imágenes y los textos de esta historia les pertenecen a los autores y están sujetas al Copyright.