Microcomunidad Abracadabra

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Cada vez que se abre un negocio que ofrece servicios en un espacio determinado, se comienza a construir una pequeña comunidad en la ciudad. Las ciudades podrían y están compuestas por muchas de éstas pequeñas comunidades de individuos formadas en relación a estos espacios comunes de consumo, espacios de transacciones recurrentes, como las librerías, supermercados, gimnasios, discotecas, iglesias, barberías, restaurantes, etc. Durante el proceso constante en que se construyen estas comunidades, los sujetos que participan de este intercambio, se unen y se relacionan entre sí diariamente por unos intereses compartidos de consumo. Como resultado, ocurren procesos de invención, descubrimiento, intervención, visitación o establecimiento de identidades que podría ayudar a los individuos a visualizar nuevas formas de bregar con sus problemas personales, económicos y sociales. La interacción constante entre un sujeto y los locales que visita para su consumo, cuando ocurre dentro de la ciudad, mucho más que en los suburbios y en los mega shopping centers, por ser espacios multiculturales, tiene el potencial de cuestionar y transformar las formas en que se han reproducido sobre estas ciudades las políticas neoliberales actuales.

 

Para dar un ejemplo, el restaurante Abracadabra en Santurce abrió sus puertas hace aproximadamente un año y medio, y desde entonces lleva construyendo y manteniendo una pequeña comunidad en Santurce. Siempre que puedo, paso por allí en las mañanas a tomarme un café luego de dejar a mis hijas en la escuela. Esta rutina mañanera representa una de las formas en que participo de ésta comunidad santurcina. Desde mi total subjetividad, cada vez que entro al espacio, siento que entro a un sitio familiar, quizás porque ya conozco o he conocido mucha gente allí, empleados, clientes y amigos. Además, de tantas veces que he ido, la experiencia es más placentera porque ahora sé bien dónde puedo encontrar parking o dónde no estacionarme para que no me den un ticket o me rompan el cristal. Ya sé dónde debo sentarme cuando entro y dónde no. Sé muy bien lo que voy a pedir y lo que no me gusta también. Conozco qué días evitar porque sé que va a estar lleno o aburrido. También conozco las horas en que llegan mis amigos y con cuáles me voy a encontrar, dependiendo del día y el momento en que vaya. Me sé de memoria el password del internet por si necesitara usar mi computadora para hacer algún trabajo o, con más probabilidad, ver videos en youtube mientras me tomo un café.

Yo procuro ir a Abracadabra las más veces posibles. Para mí es importante ir. Probablemente para muchos otros y otras ya lo es. Es una de las cosas que me hacen feliz en la vida. Algo que, al igual que muchos de mis amigos, valoro porque antes no lo tenía y porque sé que no durará para siempre. Por eso es que escribo esto hoy, porque muchas veces, entre café y café, he pensado que entre nosotros existe una pequeña comunidad, basada en una idea de una identidad común o una representación imaginada de la forma en que todos soñamos vivir.  Esto es lo que para mí ha facilitado la convivencia entre nosotros allí. De alguna manera, mi acercamiento siempre prejuiciado hacia este espacio y hacia los individuos que van allí a consumir, trabajar, conversar, tocar música, hacer teatro o estudiar, es sobre el concepto de que hemos creado un lugar, una comunidad que nos ayuda a encontrarle sentido y felicidad a nuestra vida. Y eso me parece muy bien, aun cuando el precio de pertenecer a este grupo sean nuestros propios patrones de consumo. Por ejemplo, desde mi prejuicio, casi todos allí tienen y usan constantemente su Iphone, y muchas veces son de los que se la pasan posteando fotos en Instagram o haciendo compras online de artículos tecnológicos, vintage, reciclados, o difíciles de conseguir aquí. Muchos abracadabrinos se mueven por la ciudad montados en bicicletas fixies o quisieran poder hacerlo. Casi todos se identifican con las luchas por los derechos civiles, y por preservar el medioambiente. Todos odian a Fortuño y los restaurantes fastfood. Muchos usan espejuelos de pasta, escuchan música indie, se dedican o sueñan con dedicarse a ser artistas, prefieren las cervezas artesanales, la música en tocadiscos de vinyl, y aman el cine independiente.

 

Son muchas más las cualidades que definen este imaginario. No es mi intensión aquí reducirlo o simplificarlo. Pero representaciones subjetivas como éstas son las que precisamente definen las comunidades, manteniendo el sentido de unidad y familiaridad que, precisa y necesariamente, hacen que los sujetos quieran regresar al espacio, seguir compartiendo entre sí, seguir comprando, y tratar de seguir siendo felices. Y esto ocurre mucho. En muchos niveles y en diferentes circunstancias alrededor de la ciudad. Y probablemente esa es la razón por la cual a algunos negocios les va mejor a otros. Porque han logrado entender y adaptar su espacio a ese imaginario de un estilo de vida construido por sus clientes. En mayor escala, algunas ciudades del mundo también deben ser mejores que otras, porque probablemente existen políticas que proveen los espacios necesarios para que se construyan miles y miles de pequeñas comunidades como ésta en la ciudad. Y me parece que estos fenómenos no funcionarían igual en los suburbios o en los espacios manipulados como el de Plaza la Américas porque estos espacios de consumo no están insertados dentro de un centro urbano multicultural en donde muchas personas diferentes viven o quisieran vivir.

Sería interesante estudiar cómo la construcción de estas pequeñas comunidades podrían contribuir en el proceso de repoblación y consumo en los centros urbanos abandonados como en el caso de Santurce o de Río Piedras. Especialmente porque la situación de estos espacios urbanos es mucho más compleja, ya que los negocios llegan allí a intentar establecerse sin políticas del gobierno que los ayuden. Y los negocios que logran mantenerse funcionando a pesar de todo, muy pocas veces logran resolver o mejorar los problemas sociales de las comunidades que allí viven porque no tienen las herramientas para hacerlo.

 

Como ocurre siempre, el resultado es devastador para los sectores más pobres, desventajados y olvidados de nuestra sociedad. Por ejemplo, ¿qué participación tiene o podría tener la comunidad dominicana en espacios como el de Abracadabra en Santurce? Aunque existe una población dominicana muy alta en el área, no se ven muchos dominicanos dentro de local. Esto ocurre porque no todos los sujetos que se acercan a estos espacios tienen los recursos para someterse a las tendencias de consumo que se establecieron para pertenecer a estas pequeñas comunidades. El problema es muy serio, especialmente porque estos estilos de vida son costosos e intentan, consciente o inconscientemente, someter a sus visitantes a transformaciones dramáticas en las formas en que consumen.mEste proceso termina siendo uno excluyente, en el cual, aquellos sujetos que no tengan acceso al capital, o que sean “diferentes”, ya sea por su nacionalidad, raza, género, preferencia sexual o clase social, quedan fuera. Con este problema en mente, espacios como el de Abracadabra podrían ayudar a los miembros de sus pequeñas comunidades a cuestionar las formas de consumo actual para intentar construir o imaginar nuevos estilos de vida y una movilización social totalmente inclusiva. Quisiera imaginarme en un futuro cercano, un espacio en donde mucha gente diferente interactúe y la pasen bien mientras se compran un café latte o un rico plato de mangú.