Vestirse la resistencia

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Ese jueves, mientras la mayoría estaba en las Fiestas de la Calle San Sebastián, nosotros salimos a la Avenida Universidad a hacer de las nuestras. Habíamos acordado estar listos a las diez. Resi-Queer, el grupo LGBTTQ de la residencia universitaria, coordinó salir esa noche con un atuendo especial. Los crop-tops de los años 80’ se han vuelto a poner de moda en estos días y recientemente se han estrenado como uno fashion trend para los hombres. Nosotras, patas al fin, nos tiramos la misión de lucirlos. La noche comenzó desde que cortamos la primera camisa, le estiramos las esquinas y le hicimos rotos con las tijeras. A la mía decidí hacerle un corte en las mangas para lucir los brazos. Aquella camisa ancha que no usaba hace dos semanas, justo porque me había dejado de encantar, pasó de los muslos a un poco más del ombligo en menos de cinco minutos. Estábamos más puestas pa’ la noche que las guaynabichas del anuncio de Bacardí.

Me eché brillo verde en el pelo, usualmente lo hago para salir los jueves en la noche, pero esta vez fue mucho más que de costumbre. Al mirarme en el espejo con todo ese brillo, mi camisa color menta y mis convers del mismo color, recordé que cuando era pequeño mami me decía que no me pusiera camisas verdes los jueves porque eso era de patos. Recordé también que pensaba dos veces si era jueves antes de vestirme, no fuera a ser que cometiese el mortal error de exponerme a la burla. Pero ya eso está olvidado, tanto que ni me había percatado que el verde y los jueves tenían alguna relación. Me sonreí al recordarlo todo. Así que salí esta vez con mi camisa verde para reivindicarme y a su vez reivindicar ese color tan hermoso, que es el favorito de mi madre también; aunque parezca irónico.

Nos veíamos malísimas caminando por la avenida. La pista del Vidy’s esperaba por nuestros cuerpos. Nunca antes había sentido tanto ojo puesto sobre mí, ni sobre mí ombligo pelú tampoco. A decir verdad me sentía muy expuesto, pero el colectivo me generaba una seguridad increíble. Esa noche comprendí mucho mejor la importancia del apoyo mutuo que se necesita de lxs amigxs en los diversos sectores de la comunidad LGBTTQ para sentirse seguros en espacios de ocio como estos. ¡Éramos tantos! Sumando a los que se juntaron en el camino alcanzábamos el número de 35. Nos bastaba con entrar en cualquier barra para convertirla en un espacio queer, aquello era un degenere de inclusividad.

Justo así sucedió cuando entramos a Cultura. La pista y el perreo allí también aguardaban por nosotros. Al irse llenando el negocio, nos enfrentamos a varias miradas atónitas de hombres que de seguro no entendían lo que sucedía. Recostado en la barra hablé con un amigo que me dijo que lo que estábamos haciendo era un gesto súper combativo. No me había percatado de lo que representaba para nosotrxs una acción como esta. ¡Quién diría que salir con una crop-top causaría tanto revuelo! Lo que comenzó como un derroche de patería iba cobrando forma en la noche como una manera genuina y poderosa de hacernos sentir en la ciudad universitaria. Los 35 íbamos de bar en bar cantando los jingles de la huelga, revolucionando en la calle y en la cama; combatíamos a través del cuerpo, del perreo, del vogueo, del brillo y del crop-top. Qué manera tan sencilla y tan poderosa de luchar, me dije; atreviéndose a ser uno.

La noche fue un continuo mar de sucesos. Al salir de Cultura me encontré con el mismo muchacho con el que me abracé los otros días bajo las lloviznas de la madrugada. El resto del grupo se adelantó mientras hablaba con él. En eso un chamaco que pasa cerca de mí junto a un grupo de titeritos, se me acerca al oído y me dice en voz alta: ¡Yo que tengo el bicho parao! Después del ataque siguió su camino junto con los suyos dejando los remanentes de la peste de su hipermacharranería repulsiva. De mi boca no salió ni palabra ni insulto, me quedé parado frente a mi amigo buscando seguridad en sus ojos que me miraban alertas. Sentí un lamento grande en su mirada, una vergüenza ajena; una disculpa quizás. De seguro era empatía; people are so nasty sometimes, me dijo.

Juntos logramos alcanzar al grupo nuevamente en el Vidy’s. El negocio se ha convertido en un espacio donde podemos sentirnos segurxs bailando, perriando y cantando; mucho más que en otros lugares de Río Piedras. Allí terminamos siempre, los DJ’s ya nos conocen. A veces me hago la película de que nos ven entrar y cambian el playlist a propósito para que comencemos con nuestro espectáculo. Yo no me vería reconfortado de este mundo si no fuera por la pista de baile, sino fuese por el movimiento.

Allí mismo, en medio de la muchedumbre, estaba un amigo que llegó con su novia. Nos tenía una sorpresa al resto. Se quitó su camisa en medio de la pista. Tenía una crop-top debajo. Comenzamos todas a brincar como unas locas, entonces ahí el DJ soltó perreo. ¡No les digo, que ya los DJ’s conocen nuestro momento preciso!