Por Una Medianoche

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Todos los caminos llegaban a Pagán. Si salíamos de noche, eventualmente terminábamos en Pagán. Centro Cervecero, la marginal del Condado, Viejo San Juan, eventualmente: Pagán. Dunbars, Loíza Station, eventualmente: Pagán. Concierto en el Coliseo o el Hiram Bithorn, Cheap Trick, Peter Frampton, Cindi Lauper, quien fuera, ya te lo sabes: Pagán. Adonde nos llevara la pata suelta que teníamos, tarde o temprano terminábamos en el truck de Pagán matando monchis con una medianoche o un sándwich de bistec y una coca cola.

Pagán fue el primer truck de comida que yo tuve el placer de patrocinar, allá por el 1981 y por varios años después. Los sándwiches que hacia curaban de todo mal. Una medianoche después de la media noche, o un bistec al amanecer curaba corazones rotos, euforia, bobera, mala suerte, fufúes, mal de ojo, dolores de cabeza, estomacales, delirio, pavera, mal humor, de to. Como brujería.

Pagán parqueaba su truck frente al colmado que había sido Grand Union, después Pueblo, después no sé qué, y ahora creo que es un Súper Max. Hasta que saliera el sol. Tan pronto cerraba el colmado, el parking se transformaba en comivete nocturno servicarro vacilón de última hora. Nereidas calle. Generaciones anteriores habían tenido Las Nereidas, un restaurante en el cuchillo de la Ashford y la Magdalena en el Condado que estaba abierto 24 horas y si lo pedias, te traían la orden al carro. Un lugar histórico y legendario que siempre me sonó como la versión Casablanca de Pagán. O como dije antes, Pagán era una versión “calle” de las Nereidas. To el mundo estaba en Pagán en algún momento, comiendo un sándwich o esperando por uno, mira, ahí esta Filo, de palique con algún pana, y allá están Pachín y Gato sentados contra el carro ya medio explotaos, y más allá Néstor mandándose unos últimos refuerzos para coger impulso hasta la casa. Gente llamándose de un lado al otro, discusión por aquí, abrazos por acá, el fin, el último bocao de la noche, y como decía el conejito, Que triste cuando se acaba.

Pero antes de acabarse, un despelote más, en el parking de Grand Union. Y en el medio de ese despelote se alza Pagán en su truck blanco como si fuera un ángel en su ángel-mobíl, flotando a par de pies sobre la brea del parking, y esparciendo sándwiches benditos a los pecadores que con bocas abiertas los esperábamos. Maná del cielo.

Pero Pagán no era un tipo muy angelical que digamos, era más como una estrella de merengue, o disc jockey de discoteca, tal vez de Julianas o Neons, no no no, ¡Peggy Sue! Una súper estrella en su truck, el show de cierre. Delantal blanco, bigotito, pelo al estilo mulet – corto por delante pa’l negocio y largo por atrás pa’la fiesta. Y por siaca, los jheri curls a to fuete. Se parecía a Wilfrido Vargas pero hincho. Soy más superestrella que Wilfrido, decía. ¿Mami que será lo que quiere el negro? ¡Lo que quiere es una medianoche con extra pepinillos! Así se tiraba los chistes, hablando con tres personas a la vez mientras hacía tres sándwiches, saluda a Pancho que acaba de llegar, cobra dos órdenes, otro chiste, pan, jamón, pernil, pepinillo, otro chiste, mostaza, salió, vuelve, otro, ¿viste lo que pasó en el programa de Charitín? Cuatro pesos. Suave. Vaya Flaco, ¿Medianoche? Un genio el tipo. No lo hacía solo, su esposa e hijo lo ayudaban preparando, cobrando, pasando refrescos, servilletas, lo que hubiera que hacer, pero la estrella era Pagán.

Esta noche en particular, Mafúz, Panchito y yo salimos. Mi abuelo me presto el Hondita Accord plateado que tenía y por ahí nos fuimos. Hicimos todas las paradas, Centro Cervecero, marginal, San Juan, Neons, y después de vuelta por el Condado par de paradas, Shannan’s Pub hasta llegar a Dunbars en la McLeary.

La barra de Monas se había convertido hace poco en Dunbars y había cogido auge. Entre Kasalta y la Maria Moczo, era la única barra que había en la McLeary y solo a par de bloques de mi casa. La vez que se me perdieron los espejuelos en la playa y no podía guiar a ningún sitio, todavía podía caminar hasta Dunbars a darme la cervecita aunque no sabía quién era que me estaba hablando. ¡Estaba ciego!

En Dunbars la escena estaba hevi. To el barrio estaba allí y mitad de varios otros barrios adyacentes. To el mundo dándose el trago y comiendo nachos. Prendío. El área de atrás con billar siempre era lo último en llenarse así que pa’lla apuntamos. Con permiso, con permiso, entre el gentío, hola, besito, hola ¡Georgie! saludos, con permiso, un medio empujón, abrazo, empujón, hola, hola, empujón y medio, besito, hola, y por fin llegamos a la ventanita de atrás, coño. Pedimos nuestras cervezas y nos fuimos al billar.

Después de un par de horas jugando billar y jangueando en Dunbars, ya lo saben porque se los dije antes. No hay que avisarlo porque era inevitable. Pagán. Dale Mafúz, Panchito, vamos a darnos un Pagán. No titubean. A culcul las cervezas y nos montamos en el carro. Imagínense que poder tenían esos sándwiches que yo estaba a dos bloques de mi casa, a las tres o cuatro de la mañana, pero igual quería esa medianoche. En el Hondita seguimos por la McLeary hasta el Parque Barbosa, le dimos la vuelta al parque, Último Trolly, y subimos por la Guerrero Noble y al llegar a la Laurel, nos encontramos frente a frente con Rey y Patri en la guagua de Rey. Era de madrugada y no había ni un alma por eso lares. Rey tenía su truck azul gigantesco con un camper blanco atrás donde podía vivir cómoda una familia de cuatro. Esa máquina la reconocíamos donde fuera.

Toque de bocina, señas con los brazos. Nos vieron. Ey Cofre ¿van a Pagán? Loco, hay una medianoche que me está llamando, digo yo. Mafúz hace con las manos como que se está comiendo un sándwich y babeándose, se limpia con una servilleta invisible. Eso, dice Rey, no te me cueles en fila que yo voy antes que tú. Y con eso la chilla y sale a la millas por la Laurel camino a Isla Verde.

Bueno, aquí tengo que hacer un paréntesis. Aunque no lo crean, yo no soy, ni de loqueras, ni de carreras en carro. Como decía el Chapulín, todos mis movimientos están fríamente calculados. Pero qué carajo, juventud, cuna de errores, no había carro por ningún lado, eran las cuatro de la mañana y yo tenía hambre. Además yo sabía el atajo perfecto para llegar más rápido. Así que salí detrás de Rey por la Laurel a ver si podía llegar antes que él. Di un corte por la calle Almendro para evitar la luz de Punta Las Marías, y a la izquierda en la Loíza. Pero cuando llego a la calle Doncella para virar, me doy cuenta que Rey había cortado por la Bucaré y nos encontramos frente a frente otra vez. Nos miramos uno al otro como duelo en película de vaqueros y nos reímos. Y así mismo nos metimos los dos por la Doncella que por suerte estaba vacía, yo por el carril de ida y Rey por el de vuelta. Y pisamos los carros. Como bólidos por la calle, que trate de cruzar ningún gato.

La Doncella cruza la Júpiter y se convierte en la calle Venus, Amalia vive a par de calles. Debe estar durmiendo, pienso yo. La Venus llega a la Neptuno y ahí tiene un sendo badén inter-galáctico, como si fuera un agujero negro en el espacio. El truck de Rey, cuatro por cuatro con shock absorbers reforzados rebota en el badén y sigue sin problemas, pero para mí era ya muy tarde para frenar, solté el acelerador y agarre el guía tan fuerte como pude, los nudillos blancos, y le avise a Mafúz y a Panchito como hacía mi abuelo ¡Aprieten el fuiche! Y ¡acangana! El cantazo retumbó por la calle. Se desfondó el carro, pensé yo. Pero no, las gomas no se explotaron, el tren no salió volando, no se destartaló nada, y lo seguimos.

La calle Venus en esa época cruzaba hasta la parte de atrás del supermercado, era la entrada medio secreta para llegar hasta Pagán. Llegamos un poco sobresaltados, pero nada serio. Rey y Patri ya estaban en fila pidiendo sus sándwiches. Yo me bajé y miré el carro por abajo. Estaba goteando un líquido, no era gasolina, creo que es aceite. Si aceite, confirmó Panchito. Pero yo de carros no era muy experto. Fuimos y pedimos nuestros sándwiches, gufeamos un rato, comimos y ya por fin, llegó la hora de irse a dormir.

El mundo cambia su ritmo después del Pagán. Ahora está todo tranquilo. Hay paz en el mundo aunque sea por un par de horas. Las estrellas brillan, la brisa refresca, el murmullo del mar mientras pasamos por el Trolly se combina con el ronroneo del Hondita por la carretera vacía. Todo está en orden. Entramos por la Cacique, la camita llama a dormir. Cuando de momento, horror de horrores, uñas de hojalata desgarrándose contra una pizarra de hierro mohoso. El carro da cuatro pasos y no va más. Lo pongo en parking, lo pongo en drive, y el horrible sonido otra vez. El carro se fue al carajo. Coño, puñeta.

Mafúz, Panchito y yo empujamos el carro los cuatro bloques hasta treparlo en la acera frente a casa. Gracias, mano, si no es por ustedes, lo hubiera tenido que dejar en la Cacique. Buenas noches. Y Mafúz pa su casa, Panchito pa su casa, y yo a dormir.

Un par de horas después me levante muy a pesar mío, y le fui a decir a Pachu lo que le había hecho a su Honda. Me sentía como un idiota. Estábamos sentados al borde de su cama en su cuarto. Mi abuelo no se enfadó. Esas cosas pasan, me dijo. Tu error fue guiar el carro sin aceite. Ese fue el único regaño que me dio. Un cantazo así y tu vez que el carro está botando aceite, no lo puedes guiar pa-ra na-da. Lo dijo así, con énfasis en la última oración. Allí lo tenías que haber dejado. Y ahí me di cuenta del gran abuelo que me gastaba.

Publicado originalmente en el blog del autor, Roberto Cofresí: Cuentos del Barrio Machuchal.