Primer día de clases

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Era mi primer día en La Goyco, agosto de 1992. Estaba atemorizado. Caminé hacia un pupitre en la última fila. Mi mamá estaba en la puerta hablando con la maestra. Miré por las ventanas y el palo de quenepas no tenía racimos. Escuché un grito. Cuando miré, la maestra abrazaba a mi madre con emoción.  Su traje de flores ondulaba con el aire del abanico mohoso. Hace casi 20 años que no se veían. Quiñones fue la maestra de mis tíos menores y Mami sabía que me dejaba en buenas manos. ¡Y qué manos! Con Quiñones no solo aprendí a sumar, restar y a hacer mi primera biografía. También me enseñó a ser un estudiante responsable y  a creer en mis talentos.

En aquel entonces,  la escuela no contaba con un director. Sra. Parrilla de quinto grado era la interina. Fue otra de las maestras que marcó mi vida. Con ella, aprendí de informes orales, moluscos, anfibios y geografía. Un día,  detuvo la clase de Estudios Sociales para poder escuchar por radio las vistas del caso Cerro Maravilla. Era abiertamente independentista y participaba de todos los paros y huelgas de maestros. No soportaba la desigualdad y por eso me regalaba la merienda que yo no podía pagar. Galletas Bimbo y jugo TANG.

La última vez que  vi a Parrilla fue en el funeral de mi amada Quiñones. Esa noche, me acerqué al féretro y vi sus manos negras apretar el rosario con sus uñas pintadas de vino como siempre. Entonces recordé sus manos vivas, ilustrar el número tres con sus dedos meñique, anular y corazón mientras cantábamos a coro la canción que decía: ” el salón de tercer grado es bonito de verdad”.  Mami no se equivocó.  ¡Me dejó en buenas manos!                        

Ahora era mi primer día en la Goyco, como maestro, septiembre de 2014. Estaba atemorizado. El palo de quenepa seguía estéril y los gritos que escuché no eran de abrazos ni de reencuentros.

*En la foto aparecen los estudiantes del taller de arte de Lio mostrando sus pinturas que llevan por tema: nuestra playa, Ocean.