Puyados

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De la Parada 11 a la 18 Santurce se convierte en la capital del travestismo puertorriqueño. Las andanzas de las chicas en sus esquinas ha dejado un rastro de novelas, vídeos, series fotográficas y crónicas tras de sí. El tema se retoma con una óptica fresca en “La aguja”, donde la documentalista Carmen Oquendo Villar ha logrado accesar una parte mucho menos visible de ese mundo.  El título sugiere un documental de adictos a heroína, o peor, un bodrio histórico sobre la industria de la aguja y los textiles en los 40 y 50.  En vez me encontré con una historia que se aleja de la Parada 15 para entrar en espacios de Santurce que usualmente quedan anónimos.

“La aguja” sigue a José Quiñones –uno de los protagonistas más memorables de una película boricua, de ficción o no, que he visto en mucho tiempo- y su negocio subterráneo de la belleza en el barrio. Y es que la aguja a la que hace referencia el título se encuentra al final de una inyección. No es manteca lo que suple Quiñones, aunque algunos de sus clientes se desviven por la puya.

 

“La aguja para mí es bien importante”, nos dice a modo de presentación muy al comienzo de la película, desde la clínica de embellecimiento que opera dentro de los confines apretados de su pequeño hogar.

 

El esteticista autodidacta que opera en un área gris es una figura que se puede encontrar en barrios alrededor de la isla. Para muchos que no pueden pagar por un dermatólogo, el experto local en cosmética con un despacho en la parte de atrás de la casa se convierte en la figura que desvela las claves de la belleza a fuerza de colágeno y hormonas. A Quiñones se le podría describir como la santa madre patrona de los esteticistas de barrio. Su consulta se llena por las noches con mujeres que quieren verse más esbeltas, jóvenes en busca de lucir pectorales abultados que ayuden a la hora del levante, y sobre todo las dragas y travestis que patrullan las esquinas de la noche cangrejera. Quiñones es el suplidor de las sustancias indispensables para lograr el ideal femenino al que aspiran. Y también es mucho más.

 

Alfombra roja de Manhattan a Santurce

“Yo lo conocí trabajando en Puerto Rico”, comenta la cineasta Oquendo Villar, quien trabaja entre la isla y Nueva York. “Realizaba una serie de retratos de personas de la comunidad trans y así fue como mi compañero de trabajo, José Correa Vigier (co-director de la peli), me llevó hasta él”.

 

De esa manera se encontró con un prodigioso personaje de la vida real, cuyas profundas contradicciones se desenvolvieron frente a la cámara de Oquendo.  El resultado ahora tiene muchos más estrenos de lo que la realizadora del documental hubiera pensado mientras estaba grabando. El pasado jueves (15 de noviembre) estrenó en la tercera edición del festival DOC NYC, una muestra de cine de no ficción en Nueva York. En la noche del estreno ya corrían las fotos de Quiñones por Facebook, regia en su traje largo de gala, a punto de ponerse la peluca, listo para caminar la alfombra roja que sin duda siempre había sospechado que el destino le depararía.

 

Este próximo domingo (18 de noviembre) le toca hacerlo de nuevo en el Cine Metro, donde el documental tendrá su premiere boricua como parte del Puerto Rico Queer Film Fest. El evento le ofrecerá la oportunidad a la estrella del docu de apropiarse de la noche por una vez, en vez de trabajar tras bastidores para los miembros de la comunidad trans que van de su consultorio improvisado a las calles.  Pero esta serie de aperturas estuvo en peligro de nunca darse. El arduo proceso de grabar y editar el documental amenazó con hacer de la peli un proyecto abandonado.

 

“Fue alrededor de un mes de inmersión total para la filmación”, explica la directora, que emprendió el proyecto en el 2008. La vasta cantidad de material acumulado responde al acercamiento documental de Oquendo, donde la mirada etnográfica que estudia a su sujeto se mezcla con el impulso narrativo de contar una historia –una crónica visual- en torno a lo que está viendo. Resolver esa tensión en la mesa de edición fue un reto que se midió en años y no en meses, lo que llegó a desesperar al protagonista en más de una ocasión.

 

“Estuvimos tres años editando y él ya juraba que esto no se iba a dar”, recuerda Oquendo, aunque un vistazo a las imágenes del estreno en Nueva York revela las maravillas que puede hacer una premiere en Manhattan para despejar las dudas.

 

Mona Lisa al son de Ana Gabriel

Pasando por la indignidad de la edad media y la carne que se afloja, Oquendo se nos presenta en “La aguja” como un chico de campo que encontró su vocación luego de mudarse al enjambre de cemento que encontró en la ciudad.  Algo del entorno donde creció se ha recreado en el jardín de su hogar, donde las gallinas se pasean por el huerto. Un perfil de una persona confligida emerge: es una persona solitaria rodeada de pacientes; en un momento revela que sus hermanos siempre lo rechazaron, que fue sobreprotegido por su madre porque según ella él estaba “enfermo”, y ahora vive dedicado a una familia itinerante de transformistas que nunca llega a ser permanente.

 

“Aves de paso”, así describe Quiñones a Kelly y Maybelline, dos chicas jóvenes que frecuentan asiduamente su consultorio y con las que a menudo se muestra bondadoso con sus consejos y mezquino con su maquillaje.

 

“Él es un consejero espiritual”, dice Oquendo. “Cuando vas a donde él eso es sentarte a esperar.  El te pregunta por tu familia, las clientes van allí y le cuentan sus problemas”.

 

El retrato se expande con Kelly y Maybelline, a quien Oquendo sigue del consultorio a las calles con su cámara.  De esa manera se ve el objetivo de los pinchazos de Quiñones: verse regia en la pasarela de la esquina mientras se intensifica el objeto del deseo de los hombres que hacen el ‘cruising’ consuetudinario en sus carros.  Pero el sentido de comunidad en torno al consultorio se extiende a otros recintos que no necesariamente tienen que ver con el deseo. Una entrañable fiesta de marquesina muestra a Quiñones en plan de draga, rodeado por sus amig@s y pacientes, haciendo el show completo mientras sigue la grabación de Ana Gabriel cantando “lo cierto es que te quiero más que a mí”.

 

Aunque la problemática de un sector de la comunidad está en el centro de la acción, sería injusto decir que esta es una película LGBTT. Es la belleza lo que está en el corazón de la historia. Hay un vívido recordatorio de esto en la puerta del consultorio, donde se encuentra pegada una reproducción de la Mona Lisa. Es una imagen a la que los directores regresan en varios puntos del documental, y que parece indicar que la búsqueda de la belleza es tan elusiva como la sonrisa que se esboza en el rostro de la pintura. Entre agujas hipodérmicas Quiñones siempre parece apuntar a la dirección correcta para obtenerla.

 

“La aguja” se presenta en el Cine Metro de Santurce el próximo domingo 18 de noviembre a las 9:30 p.m. 

 Un documental corto, “Camil”, que se basa en las experiencias de una de las usuarias de la clínica de Quiñones, formará parte de la serie de cortometrajes nacionales BoriQueer, del Puerto Rico Queer Film Fest, el sábado 17 de noviembre a las 4:30 p.m.