Las naturalezas nuestras

El hijo, recién salido del closet, muere repentinamente tras una paliza. Sus dos hermanas, una más que otra, pero ambas re-hermanadas ante la pérdida, lo resienten y lo lloran. En cambio, la madre, dura y seca, no puede reaccionar naturalmente, siquiera ante el cuerpo casi florecido de su hijo; ha perdido la capacidad de llorar en el trajín de ser matriarca, de haber sido esposa varias veces, por no tener dinero suficiente para llevar con toda pompa su apellido. Pero ha quedado un hombre que lo llora y que lo lucha, a su forma. Andrógino él, vestido de mujer cuando le da la gana; es el novio presentado a la familia por el propio hijo poco antes de morir. Al margen, una vieja nodriza que entra y sale de la casa con sus supersticiones, movida por la ancestral sabiduría del espíritu. Sabe todo, le preocupa la familia, huele la podredumbre, se comunica con sus muertos a través de las plantas del jardín, su espacio favorito. Para completar el cuadro, hay un joven abogado, idéntico al hijo muerto, que parece ser la redención para la madre; uno de esos hombres que ha metido en su vida, a su casa, tratando de llenar urgentemente cierta parte del vacío. Pero el abogado es un falso amante, sátiro por ratos, siempre interesado y macharrán.
El caso es que todos coinciden a la hora de la cena. La mesa es el espacio del conflicto. Asedia el hambre, pero las verdades son el plato principal. El novio exige, ante todos, que la madre aclare cómo murió el hijo. Ella sabe. Lo ha ocultado o ha callado. Al final, habla por primera vez desde las vísceras. Se queja paralelamente de una sed que casi la atormenta. Tiene sed, mucha sed, insiste. Entonces uno la comprende. La nodriza no se ha equivocado de olor. Sabe que hay vivos que están muertos y muertos que están vivos. La nodriza no tiene sed ni hambre, sólo ganas de cruzar al otro mundo con los suyos, de moverse en paz, de dormir tranquilamente. Al final, baila hasta desaparecer. Las hijas también bailan junto al novio, pero con la conciencia entonces de la belleza de la muerte y de la vida; los dos estados del ciclo natural. El novio sale de la familia y de la casa. El abogado antes que él. A solas, la madre respira y comprende lo que queda. La hermana más apegada a la nodriza ha madurado para el bien de la familia. La otra sigue débil. Al borde de la mesa, que es también el patio de la casa, el jardín sigue creciendo. La hija más madura llena de agua el vaso de su madre. La madre bebe finalmente en desespero ante nosotros.
La mesa también es funeraria -Fotografías: Migdalia Luz Barens-Vera
Así resumo la acción en Oh! Natura, la recién estrenada obra teatral de la dramaturga boricua Sylvia Bofill, presentada del 5 al 14 de abril en el Teatro Victoria Espinosa en Santurce como parte del 54 Festival de Teatro Puertorriqueño del Instituto de Cultura Puertorriqueña. La misma, contó con las magistrales actuaciones de Norwill Fragoso (Betunia, la hija madura y firme, pero no querida), Kisha Tikina (Lola, la hija querida pero débil, modelo internacional obsesionada con las cirugías plásticas), Magali Carrasquillo (Maribel, la madre dura, cabeza de los Santillá), Yan Cristian Collazo (Pedro, el hijo fotógrafo que muere; Osvaldo, el abogado joven y arrogante), Mickey Negrón (Federico, el novio del hijo, repostero de profesión) y Awilda Sterling Duprey (Amaro, la nodriza de paso lento, encargada de alimentar y sanar a la familia).
La obra es clara. No se trata meramente de la muerte de un homosexual y cómo maneja una familia su pérdida entre los signos de la culpa, el desamparo y el discrimen. Por el contrario, esta obra trata la naturaleza humana y sus pasiones, las retrata en una familia tal vez no muy distante de las nuestras. Sus conflictos son identificables y conocidos. Universales, sí, pero cercanos. Sin embargo, Oh! Natura no se centra en un tiempo específico ni en nacionalidad. Así, la familia Santillá, protagonista en primer plano, ornamental, caótica y raramente funcional, sirve como imagen a través de la cual se aborda el disloque o la transfiguración contemporánea de la familia como institución. No obstante, también sirve como metáfora a través de la cual ver y confrontar nuestro aprendizaje social, la realidad del país, incluso lo que somos: olvidos, memorias, conductas, naturalezas, artificialidades.
A propósito o no, quizás lectura personal o punto de vista, lo innegable es que Bofill hace de la puesta en escena una sesión fotográfica. Desde su inicio, el flash de una cámara y el ruido del obturador abriendo y cerrando le dan la sensación al público de estar detrás del lente. Aunque el hijo fallecido es el fotógrafo, el público es quien enfoca y desenfoca en cada uno de los personajes, en sus naturalezas, a lo largo del escenario exagerado por una mesa expandida casi del mismo tamaño. Resulta interesante cómo la mesa es a la vez el centro de la casa, o su eje central. En ella, sin frontera establecida, convergen el adentro y el afuera, la naturaleza viva y la naturaleza muerta. Es el comedor, el espacio de estar y es el patio. En una de sus esquinas el abundante jardín vivo; una suerte de refugio orgánico cercano a la tierra y a la vida. El resto es la oscuridad, lo frívolo, lo podrido. La casa es un hueco, una imagen de carencia. En ella el vacío.
Insisto en el vacío reconociendo que el montaje insiste en él; también la escenografía, a cargo de Rafael Trelles y Pepín Lugo, a no ser por el denso jardín, por el vaso casi desbordado de agua servido a la madre en el cierre, por los bailes del final que parecen llenar a personajes evidentemente faltos. Insisto igual en el vacío porque caracteriza esta nueva dramaturgia. Eso, pensando que históricamente la dramaturgia y la literatura nacional han insistido, más que menos, en trabajar la casa, siempre llena, como metáfora para hablar de la isla o del país. No obstante, en el vacío de Oh! Natura está el reflejo de un país, también de un mundo.
Resulta interesante en Oh! Natura la exploración de la identidad, del erotismo y del deseo. A la misma vez, vale la pena prestarle especial atención a la estética de estos tres elementos según han sido puestos en escena. Los vestuarios de Freddy Mercado, y el tratamiento luminotécnico de Marién Vélez colaboraron exquisitamente al discurso estético, bastante Camp de hecho, rememorando yo el término reutilizado por Susan Sontag, en Against Interpretation: And Other Essays (1966), con el que realza un tipo de estética de la cultura popular que pone de manifiesto el artificio y la artificialidad por encima de la naturaleza. Camp, que viene del francés Camper, significa posar de manera exagerada. Adoptado tras en el posmodernismo, y en el lindero de lo kitsch, el termino ha referido desde entonces a la ridiculización atractiva de la dignificación social y la cultura masiva, incluso a una estética de transgresión, sofisticada, entre lo clínicamente ideal y lo excéntrico, que toma como base la banalidad, la frivolidad, el imaginario alegórico y el afeminamiento con cierto humor. Basta con enfocar en los personajes, en la satirización de los roles de género, en las flores plásticas, en los chorros de luz, en el constante uso de lo absurdo, en la escarcha.
Awilda Sterling - Fotografías: Migdalia Luz Barens-Vera
Así, en Oh! Natura, las pasiones humanas, las emociones y los arquetipos identitarios son retratados en su esplendor y en su quiebre. Su dramaturga y directora escénica se ha encargado de tratar los detalles con cuidado. Y eso se disfruta y se agradece. No todo es perfecto en la obra, sin embargo. Los personajes son demasiado arquetipos. La nodriza con sus ritos ancestrales, ícono de nuestras tradiciones africanas, es negra, la modelo internacional es flaca, la indeseada y más madura de todos es gorda, la madre pomposa aún en la carencia no pierde su glamour, el hombre vestido de mujer no tiene ni la sombra de su barba, por ejemplo. Podría ser interesante tal vez una disparidad exagerada entre conducta y físico. Pero esto es sólo un capricho a partir de mi lectura. Aún así, en su montaje ganó la elegancia, el texto y las excepcionales actuaciones del elenco, así también la exquisita labor del equipo técnico. Coincido con Lowell Fiet en su reseña sobre esta misma pieza, titulada “Oh! Natura y el espacio horizontal”, cuando dice, pensando en el junte multidisciplinario de artistas en la puesta, que “como conjunto reviven (…) el sueño de un teatro profesional en Puerto Rico”.
En fin, llena de claroscuros y colores, Oh! Natura definitivamente es una obra memorable, a recordar. No todo se ha dicho acerca de ella, pero tengo la certeza de que generará muchas más lecturas. Mientras tanto, Bofill trabajará nuevas apuestas. Sabiéndolo, queda uno esperanzado. Y contento, muy contento, por contar entre nosotros con una dramaturga tan brillante y contundente.
Fotos: Migdalia Luz Barens-Vera