San Juan para todos

Es un hecho que algunos de nosotros estamos contentos con la idea de que San Juan pueda servir de modelo para una “nueva forma de gobernar”. Pero gran parte del problema radica en convertir esa filosofía en políticas concretas que produzcan cambios. Después de todo, la autogestión requiere acción, y la gente está acostumbrada a eso. Como parte de ese proceso me interesa hacer una reflexión sobre el rol de las artes y la cultura en esa transformación. Por años el componente cultural no ha recibido la atención que muchos esperamos, ni en el plano estatal ni en lo local. Más allá de hacerle justicia, se trata de ubicarlo en el rol protagónico que merece en una coyuntura como esta. Inclusive, se hace imposible ocultar que San Juan debe ser un laboratorio de políticas culturales, tanto para otros gobiernos locales como para el escenario nacional. De igual forma, la propia reflexión busca servir para el análisis en otros contextos locales, añadiendo un toque de emplazamiento a no dejar la cultura en un segundo plano.

La discusión sobre políticas públicas para el campo cultural de entrada plantea un asunto de definición. Se trata de la cultura en su concepción más amplia, como modos de vida y acción, y la cultura como sinónimo de las artes. En este caso, es meritorio pensar la cultura desde ambas concepciones, sobre todo por su relación con la visión propuesta. A pesar de todas las posibilidades desde donde orientar la discusión, propongo estructurar la discusión sobre los ejes temáticos que aparecen en el diagrama abajo. La idea de presentarlo como círculos concéntricos permite entender que todas parten de un núcleo, que no es otra cosa que la visión de gobernanza propuesta, desarrollando enfoques que requieren intervención desde adentro hacia fuera, porque la falta de claridad y estrategias en uno de los círculos no permitirá ver el efecto en el próximo. Ese enfoque de adentro hacia fuera es precisamente la principal crítica (o gravísimo error), del modelo de intervención cultural de la pasada administración municipal: Partir desde macro de la ciudad, lo que obliga a orientar los proyectos hacia una infraestructura carente de andamiaje. Ese es precisamente el gran reto (o miedo) de conceptos de moda como la “ciudad creativa”, que en muchas ocasiones resulta una contradicción por su carácter excluyente. En resumen, el modelo plantea la importancia de que las instituciones culturales asuman su rol con la visión de gobernanza propuesta (y sus interacciones con otros sectores), que la unidad principal de intervención sea la comunidad, y que a partir de ahí se incorpore la economía cultural como prioridad para mejorar las condiciones de la ciudad. Por supuesto, existen algunos objetivos y tareas que tradicionalmente realizan las instituciones culturales municipales que no se discuten en este trabajo, principalmente la actividad recurrente de administrar el patrimonio y auspiciar eventos culturales. Lo que se propone no elimina esas facultades pero reorienta las prioridades para impactar otras áreas.

La visión

Hablar de un “San Juan para todos”, fundamentado en la autogestión y la democracia participativa requiere reconocer y entender la dinámica cultural. No tan sólo permitiendo los espacios y mecanismos de participación, sino desde el mismo proceso de estructurar cómo la gente contempla esa participación. Parte de pensar en las comunidades como unidad básica de acción y reconocer la idiosincrasia de muchas de estas comunidades. Si pensamos en la diversidad cultural que caracteriza la ciudad, las “fórmulas” se convierten en un obstáculo para su implementación. Por lo tanto, la cultura debe convertirse en el hilo conductor de cualquier plan de desarrollo, ya que la mayoría de las propuestas se fundamentan en cambiar marcos mentales y no solamente en un cambio de estrategia o enfoque. Para ello la cultura debe estar presente en la “mesa grande” donde se discuten las distintas áreas del plan de ciudad.

Las instituciones

Por su carácter transversal, la cultura es necesaria en la discusión sobre desarrollo económico, urbanismo, educación, turismo, familia y vivienda, entre otros. Y aquí ya estamos hablando de la cultura en todas sus concepciones. Si no se parte de la transversalidad de lo cultural, tendremos instituciones aisladas, como lo han estado siempre en todos los niveles, coordinando actividades sin mayor impacto o interacción con las necesidades apremiantes de los ciudadanos.

Para delinear las funciones de un Departamento de Cultura, es preciso tener claro cuáles son los componentes en la cadena de valor de la actividad cultural, incluyendo la formación, creación, producción, promoción y consumo.

Cada uno de estos componentes requiere actividades y alianzas específicas, y sobre un todo, un buen balance entre ellos. Por lo general, la mayoría de los recursos se destinan a las áreas de mayor visibilidad como la producción (o presentación), sin tomar en consideración los efectos reales sobre los objetivos de política cultural. Sobre este elemento de rendición de cuentas he propuesto un modelo de análisis bajo el concepto de “rendimiento cultural”, una herramienta para entender el impacto de ciertos proyectos sobre la propia actividad cultural. El modelo, que incluye efectos sobre la oferta y la demanda, consiste en indicadores cualitativos y cuantitativos para cada uno de los objetivos de política cultural. En el lado de la oferta cultural, los proyectos deben entender el impacto sobre el desarrollo profesional (mano de obra), la diversidad en la oferta y los eslabonamientos con otros sectores. En el lado de la demanda, las variables de impacto son la educación, el acceso, la participación y la diversidad de la demanda. Como variable unificadora está el efecto de aglomeración, lo que en palabras sencillas se trata de la “vida cultural” de un área geográfica determinada.

Antes de discutir algunos ejes temáticos que podrían ser útiles para ese proyecto de cultura es necesario entender (y lo mismo ocurre con las instituciones estatales), que el diseño y estructura organizacional actual no es capaz de manejar estos enfoques, por lo que sería necesaria una reestructuración hacia un modelo más flexible que permita la gerencia de proyectos.

Desarrollo Comunitario

Como se ha mencionado, la intervención prioritaria del municipio en el área de cultura debe ser a través de las comunidades. Los últimos doce años, además de todos los retos que conocemos, han servido para fortalecer ese sentido de identidad comunitaria, lo que definitivamente supone un punto de partida. Es necesario identificar los focos de liderazgo y el rescate de espacios físicos cuyos símbolos faciliten el que se conviertan en ejes de la actividad cultural. Sobre esas rutas se podrán implementar pequeños pero ambiciosos proyectos de residencias artísticas, talleres, espacios de creación y presentación y proyectos de consumo cultural autogestionado. Una vez más, ese impacto debe darse en todos los segmentos de la cadena de valor que se describe en el segundo diagrama. En términos de patrimonio, es importante poner atención “a lo pequeño”, creando proyectos de “memoria comunitaria” que se entrelacen con la producción audiovisual, literaria y turística.

Por ejemplo, para el componente de formación y educación es necesario establecer alianzas con las principales instituciones de educación artística de nivel superior, todas ubicadas en San Juan, con quienes se pueden establecer los proyectos de intervención. Con estas alianzas, el impacto puede llegar hasta la última etapa de la cadena, que es el consumo cultural. Otro ejemplo de entrelazar la gestión cultural y la autogestión se llevó a cabo en Caguas por algunos años, donde las comunidades se encargaban de producir los festivales en los barrios. En vez de los megaeventos que atraen publicidad y reconocimiento, se segmentó la oferta para convertir a los barrios en coproductores de la actividad cultural y no solamente en audiencias pasivas. Siguiendo el modelo de “rendimiento cultural” tenemos un ejemplo de impacto sobre el desarrollo profesional, diversidad en la oferta, aglomeración y acceso, por dar algunos ejemplos.

Estas formas de organización deben servir de apoyo o consolidación de estructuras formales de acción comunitaria, al tiempo que se insertan en la toma de decisiones sobre el campo cultural. A partir de las comunidades como ejes, se debe fomentar la cooperación para lograr estructuras de trabajo de segundo grado como pueden ser los barrios, pensando en Río Piedras, Miramar, Santurce, Viejo San Juan, Puerta de Tierra, Condado, etc. Ya a este nivel se permite una interacción más profunda con sectores como el comercial, sin fines de lucro y el laboral. Por cierto, no sería un mal momento para plantear una idea que me ha perseguido desde Taller Cé, sobre posibilidad de organizar cooperativas de consumo cultural como proyecto para autogestionar el acceso y participación en la “canasta básica” de la actividad cultural. Definitivamente, existen un sinnúmero de posibilidades sobre cómo implementar programas bajo el enfoque comunitario. Sin duda, esta es la única manera que nos permite movernos al próximo paso de orientar la cultura como alternativa de desarrollo económico.

Desarrollo económico

El discurso sobre las industrias culturales y la economía creativa ha cobrado gran importancia en los últimos años. Se habla de su aportación al Producto Interno Bruto (aprox. 7% del PIB mundial) y al empleo (entre 3-5%), y se plantea la importancia de estas empresas como determinante de innovación y competitividad. Por supuesto, se trata de un discurso proveniente de grandes economías, y como muchos otros discursos sobre el “desarrollo”, su implementación forzada nunca trae los resultados esperados. Por esta razón  hay que invertir la fórmula, ya que los famosos modelos de la “clase creativa” no garantizan que esos beneficios lleguen a los niveles más bajos. Precisamente, una de las grandes críticas a las propuestas de Richard Florida es que atraer “talento” a través de la regeneración urbana no necesariamente promueve la creatividad ni atrae personas con sentido de “compromiso comunitario”. En este caso, hablamos de “comunidades creativas” que provean insumos para el desarrollo de una economía cultural.

Los principales retos de promover una economía cultural en el plano local es que ni siquiera existe una base de política pública a nivel nacional para estos propósitos. No existe un sistema de indicadores adaptado a la realidad del sector cultural y la fragmentación de las instituciones vinculadas a la cultura dificulta una política cultural coherente. El Municipio tiene la oportunidad de hacer ajustes a través del mecanismo de Patentes y el CRIM (si finalmente pasara a manos del Municipio), lo que sería un adelanto para la medición del impacto. Por supuesto, uno de los grandes problemas de medir el impacto económico está en el gran segmento de la actividad que se mantiene en la economía informal. Y aunque muchos lo justifiquen con el argumento de la desproporcionalidad de la carga contributiva y el alto costo de vida, al final del día trae consecuencias negativas para el artista y trabajador cultural. A pesar de tener en promedio mayor preparación académica que el resto de la población, los artistas (en promedio) reciben una compensación menor. A esto hay que sumarle que dicha “informalidad” no les permite participar de los sistemas de seguridad social y de empleo tan necesarios para este sector. Al Municipio le corresponde implementar incentivos que inserten esta fuerza trabajadora en la economía formal, dándole acceso a estos beneficios. El efecto de estos incentivos se cancela en la medida en que estos trabajadores aportar a través de patentes, y tomando en consideración que obliga a algunos “patronos” a reportar mayores ingresos, algo que no ocurre en la actualidad cuando se esconden a través del pago directo a artistas.

Este plan de desarrollo económico cultural pueden aprovechar el debate sobre los códigos de orden público para traer a la discusión el concepto del “negocio cultural”. Si bien el debate de los horarios debe tomar en consideración diversos factores, uno de los principales argumentos es la propia actividad cultural que algunos de estos negocios generan. Esto podría ser un buen momento para estructurarlo con parámetros claros que a su vez sirvan para trabajar con la preocupación de la economía informal. Como parte de ese plan es importante atender el tema de la creación y fortalecimiento de empresas culturales. El Municipio debe revisar sus procedimientos y permisología para atemperarlos a la realidad de este sector y crear (y auspiciar) programas de apoyo al sector. Aquí será importante las alianzas que se logren con la Universidad de Puerto Rico, la Escuela de Artes Plásticas, y otras instituciones que por su naturaleza son focos de emprendimiento cultural. Sin embargo, ese apoyo a la incubación, aceleración y consultoría directa debe trascender la academia y llegar a todos los grupos. Sobre esto el Municipio puede proveer infraestructura física a través de la rehabilitación de espacios (hoteles de empresas culturales) y las alianzas con el sector privado y sin fines de lucro.

Finalmente, y no menos importante es el factor de financiamiento, uno de los retos tradicionales del sector cultural. Existe una responsabilidad del gobierno en contribuir a financiar la actividad cultural, principalmente porque la forma en que se genera valor en estas industrias no necesariamente se refleja en los precios. Por lo tanto, la intervención directa debe ser en función de los objetivos de política cultural como la diversidad, el acceso y la participación. Es importante que el componente de financiamiento trascienda la intervención directa a través de la oferta. Ya existen muchos mecanismos de incentivar a través de la demanda, algo que garantiza que las organizaciones y empresas orienten sus esfuerzos a la producción y comunicación y no tan sólo a cumplir con el gobierno para allegar más fondos, algo que se traduce en un círculo de dependencia. Existen algunas experiencias con los sistemas de “vouchers” que podrían adaptarse a la realidad puertorriqueña. Por supuesto, el área de financiamiento no puede ser menos creativo que la misma producción, por lo que se podrían explorar proyectos que integren a los ciudadanos y la empresa privada.

Ciudad Cultural

Hablar de ciudad cultural es darle coherencia a todo el programa y proyectarlo a nivel local, nacional e internacional. Lo que quiero plantear es que normalmente la actividad cultural a nivel municipal destina todos sus recursos a comunicar “lo que tiene para ofrecer”, sin preocuparse por diseñar esa oferta. Por eso, una “Fiesta Patronal” no tendrá mayor efecto que el inmediato en la medida en que no crea continuidad a lo que allí se presenta. Es como poner todos los recursos en la fachada sin preocuparse por los interiores. Es aquí donde las rutas de “patrimonio histórico-cultural comunitario” pueden convertirse en recursos para el turismo, y donde los producción artística se vuelve la cara de la ciudad. Ya en este nivel pueden entrar todos los recursos publicitarios y de relaciones públicas. Inclusive se puede hablar hasta del “branding de la ciudad” si se prefiere, pero sólo cuando el trabajo de base está hecho. En esta etapa también es importante la cooperación internacional, lo que de por sí implica un balance óptimo con la producción local.

A manera de conclusión

Además de ser un desahogo, está reflexión es un intento de bosquejar algunas posibilidades de intervención en el campo de la cultura. Son años de discusiones, intentos de gestionar proyectos (unos con mejores resultados que otros), pensar y repensar la importancia de la cultura, no sólo porque nos gusta sino porque es nuestro trabajo. Entre la motivación de conocer experiencias de otros países y la decepción con la falta de apoyo en mi experiencia trabajando en San Juan, se generan unas esperanzas automáticas. Pero somos responsables de convertir esas esperanzas con propuestas concretas y pensaría que esta coyuntura es única para esos propósitos. Sin embargo, es importante reconocer que al igual que en la economía, en la administración pública las ventanas de oportunidades de abren por cortos periodos de tiempo. Por esto los próximos meses son cruciales para que nos insertemos en ese proceso y aportemos con un toque de la iniciativa emprendedora que caracteriza a las artes. Después de todo, siempre he pensado que el sector cultural produce algunas de las mejores mentes, que simplemente han asumido a través de sus proyectos toda la carga de implementar un política cultural y social desde lo privado. Y a pesar de que lo puede seguir haciendo, la presencia del sector público como contrapeso permite fortalecer la creación y la producción cultural, con todos los beneficios que eso genera para la visión de ciudad y gobernanza que se está proponiendo.

Foto de Herminio Rodríguez publicada originalmente en 80grados.