Santurce a pie

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Despierto. Cuelo café. Vegeto. Bebo café. ¡Despierto! Leo la prensa. Lánguidamente me aseo. Medito, pido la bendición a los poderes superiores y a mi abuelita, que en paz descanse. Aún con un halo vegetativo pondero el plan del día, uno de esos inusuales y apreciados días de ocio en los cuales la  palabra compromiso suena anacrónica.

Andando por Santurce.

Ahí es que caigo en cuenta que estoy en Santurce, San Mateo de Cangrejos, ciudad que me vio nacer y que hoy es mi hogar.

Desayuno en Abracadabra.

Pues arranco en “fa” por “El Bosque”, uno de los microbarrios que componen a Villa Palmeras, para llegar a Abracadabra a desayunar. El día está de show, al punto de suspiro por lo azul del cielo y la brisa fresca acompañada del bullicio propio de la ciudad. Desayuno en el nombrado lugar, muy rico por cierto, y allí me encuentro con unas cuantas personas lindas, de esas que me gusta abrazar fuertemente para empaparme de buenas vibras.

Sigo caminando Ponce de León abajo (abajo porque, aunque en realidad la inclinación es opuesta, los números de las paradas del difunto “troli” van bajando) para beberme un cafecito en Hacienda San Pedro en la avenida De Diego. Dicho sea de paso, en la Ponce de León un poco más arriba (o abajo, ver un poco más arriba) ubica la que fue residencia de ese personaje tan mentado en nombres de escuelas y avenidas pero en esencia poco conocido por la ciudadanía, José De Diego, actual sede de la Gran Logia Masónica de Puerto Rico.

Ponce de Leon

Pero yo iba en dirección opuesta porque el caracolillo de Hacienda San Pedro estaba coqueteando con los olores de mis  recuerdos. Llego a la meta y mientras espero el café me encuentro con más gente linda con quienes hablo sobre teatro, música y el clima. Y, hablando del clima (el día sigue insoportablemente bello), les menciono a mis amigos que escuché el parte metereológico y había un aviso de fuertes marejadas a lo largo y ancho de nuestras costas. Me bebí el elixir que había previamente ordenado (suculento vicio este del café). Habiendo saciado mi necesidad de cafeína y terminado por lo pronto la conversación, camino De Diego abajo (esta sí que va bajando) en dirección a la mar: “La mer, toujours la mer”.

Hay una fascinación con la mar (se me antoja femenina) que tiene que ver con lo primordial, lo instintivo, como la fascinación con el fuego (ese pedacito de sol que nos maravilla). Pero, a diferencia del fuego, la mar nos invita a meditar, a conversar con ella, a contarle nuestras penas. Es lógico si consideramos que, en la filosofía espiritual yoruba la mar representa a Yemayá, Orisha madre de la vida en la tierra. Y con eso en mente, con ese deseo de comulgar a orillas del Atlántico sigo De Diego abajo pasando primero por Bayola (antiguo barrio de cimarrones que ahora es un lugar chulisnaquis) para llegar a la frontera con el Condado. Pero, fiel a mi experiencia santurcina me desvío hacia la San Jorge para llegar a la playa.

En efecto y, por pura suerte, el pronóstico de la marejada era acertado y las olas estaban espectaculares, intimidantes, bellísimas. Me hicieron sentir insignificante por un momento pero luego entré en comunión con el entorno y me dejé llevar por el viento, el sonido y la vista hasta vaciar la mente y escuchar solo como las olas me hablaban.

La calle Loíza.

Después de un rato, no sé cuanto duré allí, tracé mi ruta de regreso recorriendo un poco de la famosa calle Loíza con sus pintorescos negocios y llena de gente, mucha gente en el trajín propio de la ciudad. Disfrutando cada uno de los pasos que me regresaron a mi aposento en pleno corazón de San  Mateo de Cangrejos. Reflexiono; vivo en una ciudad hermosa donde en cualquier momento del año, en el mismo día y a pie puedo pasear, comer, ir a la playa y todo esto bajo un implacable pero sabrosísimo sol tropical.