Teyuna/Ciudad Perdida 2015

Y pensar que los indígenas nos llaman a nosotros los no indígenas “civilizados”. Es tan contradictorio el uso de esa palabra. Los civilizados que saquearon las tumbas, los civilizados que los esclavizaron y trajeron enfermedades hasta casi exterminarlos. Ay dios… Los civilizados…

Esta visita a la Ciudad Perdida, ubicada en la sierra nevada del Caribe colombiano, fue mucho más que la caminata más intensa que he hecho en mi vida. Cuando hicimos nuestra investigación decía que era fuerte, pero que una persona normal que estuviera en una condición física saludable, podría caminarlo sin problema. Que había momentos muy duros, pero que se podía. Solo la primera hora me hizo preguntarme: ¿qué coño hago yo allí? Cruzar montañas a pie por caminos precipitados de fango, piedra, tierra arenosa, caca de burro y mulas y mucho más, ¡una locura! Ya a la hora tenía mi primera ampolla en mi pie izquierdo. Nunca en la vida había caminado tanto. Y a lo ya mencionado le sumas un calor y una humedad de un 90%, lluvia todas las tarde de caminata y un corrillo de franceses de patas largas de van a las millas frente a ti, nada fácil.

De camino a Teyuna

La mejor parte es, que aunque terminé con una rodilla destrozada, dolor en todo el cuerpo por el esfuerzo y las dormiditas en hamacas y una ampolla que no me deja caminar, no me arrepiento ni un segundo de lo que hicimos mi marido y yo. Ah, y eso sin contar que estuvimos los dos envenenados días antes por culpa de un alimento y mi marido venía de carreritas y deshidratado todo el camino. Pobre mi amor…

He aprendido tanto de esta experiencia y de la gente en ella. Vi la vida a través de esta experiencia. Vi como las situaciones o proyectos de vida pueden ser tan difíciles que nos den ganas de dar media vuelta y regresar. Como en momentos la mente te dicta que te quites, que no continúes hasta alcanzar lo deseado e incluso se siguen sumando dificultades para complicar tu camino. Ahí es que se pone complicada la cosa. En mi caso yo sabía que llegaría a Teyuna, sabía que valía la pena el esfuerzo para llegar allí. Lo que tuve desde el primer momento en mente es que iría a mi paso. Que no tomaría el ritmo de nadie ya que cada cual sabe el ritmo al que puede llevar su vida. En momentos se reflejaron dolores viejos, dolores que no he querido trabajar y cada vez que me esfuerzo un poco mi dolor de rodilla me acuerda que hay cosas que debe ser prioridad o cambiara tu caminar. Y bueno, el llegar no lo es todo. El regreso de esa meta o el mantener viva esa meta puede ser aún más doloroso y trabajoso.

Futbol

Estar con campesinos colombianos e indígenas por cinco días es de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Llena tanto de razón mi estilo de viaje, los encuentros con seres tan maravillosos que tienen tanto que enseñarnos. Por ejemplo. Fui tan anormal de preguntarle a mi amado Enrique, el campesino que nos cuido a los que siempre íbamos atrás y nuestro cocinero junto a su esposa Nora, que si aún en su casa cocinaba en leña cuando me dijo que estaba ahorrando para una estufa. Estos seres viven en el medio de este bosque sin luz, pero si mucha agua del río, sus casas no tienen piso, las estructuras son el madera, zinc y barro. Trabajan como esclavos subiendo y bajando ese terrible camino a Teyuna por semanas sin parar atendiendo turistas que muchas veces no agradecen lo que esta gente hace por ellos.

 

Nunca había convivido tanto tiempo con indígenas. Nosotros, los supuestos civilizados tenemos mucho que aprender de ellos. Ojalá tuviéramos más de indígena y menos de “civilizados”. Gracias vida, gracias Colombia, gracias Carlos, Enrique y Nora por cuidarnos tan bien y educarnos tanto sobre la cultura indígena y campesina de su país. No los extrañaremos por que los llevamos permanentemente en nuestro corazón!