Tres olvidos y una propuesta

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Después de todo, vivimos en un mundo en el que la propiedad privada y la tasa de ganancia prevalecen sobre todos los demás derechos en los que uno pueda pensar; pero hay ocasiones en las que el ideal de los derechos humanos adopta un aspecto colectivo [].

David Harvey

Olvido #1: La Casa

Cuando Juan murió, allá por el año de 1973, le sobrevivieron su esposa, tres hijas y un hijo. La familia no acababa de sobreponerse a la pérdida cuando la muerte les volvió a golpear y tuvieron que enfrentar la ausencia del único hijo varón. Probablemente, la madre se trasladó a vivir con alguna de sus hijas. Probablemente alguna o varias de esas hijas se mudaron a otras latitudes. El caso es que a la casa familiar le echaron el cerrojo con todo y que hacía poco le habían hecho arreglos para poder alquilar parte de la propiedad. Incluyendo una amplia terraza abierta a un patio con un hermoso árbol de grosellas. Pero de eso hace ya tanto tiempo que nadie se acuerda aunque la casa vacía y clausurada sigue en pie como esperando el regreso de quien nunca va a volver.

Olvido #2: La Mujer

La cita era a las 2:00 de la tarde en el condominio Sagrado Corazón en Santurce. Orlando había agotado todos los recursos disponibles para que su inquilina morosa se mudara y le dejara disponible el apartamento. Ahora, por fin, llegaba el momento de ejecutar la orden de desahucio. Subió las escaleras a toda prisa seguido por los alguaciles y se detuvo frente a la puerta dispuesto a tocar el timbre. Le extrañó la nota que le quedó casi a nivel de los ojos. Apenas tuvo que abrirla para reconocer la letra de la persona que la había escrito. La piel se le puso de gallina y se apresuró a entrar mientras la llamaba por su nombre. En el apartamento, sin embrago, no había un alma. Tampoco la había en las escaleras del condominio a pesar de que en ellas colgaba el cuerpo de la mujer de 62 años que hacía siete meses había dejado de pagar el alquiler. Ese pago que por más de cinco años le hizo llegar todos los días 3 de cada mes.

Olvido #3: El Banco

La calle Mayol en la parada 25 es una calle emblemática. Lo cierto es que no es una calle muy larga. Mucho menos ese tramo que va desde la Avenida Fernández Juncos hasta la Ponce de León en el que, sin embrago, el abandono es infinito. A mitad de calle vive Miguel. Es un hombre delgado, con vitiligo, que siempre lleva gorra y a veces habla solo y en voz alta por ahí. Es uno de los únicos dos o tres residentes de la calle. Duerme a la intemperie en la entrada de una casa de dos plantas pintada de rosa a la que no le queda ni una sola ventana y la cubre el “spray”. La casa forma parte de una larga línea de fachadas todas faltas de ventanas y cubiertas de “spray”. Hará unos veinte y tantos años que allí mismo estuvo la Imprenta Molina. Lo sé porque era del padre de Eliud que fue mi compañero de clase en La Central. Hace unos seis años que un banco español vendió el “inmueble” a una corporación luego de tenerla otros tantos años en su inventario de propiedades “reposeídas”. El empleado del banco que tramitó los papeles de la compraventa odia su trabajo. En el fondo esperaba más de la vida. Se pasa el día encerrado en una oficina minúscula y tan fría que es como si cada día hiciera un corto viaje de ida y vuelta a alguno de los Polos de la Tierra, solo y desabrigado.

La Propuesta

Si algo nos ofrece la crisis que nos está tocando sobrevivir es la oportunidad de sacar a la ciudad de la inquietante invisibilidad que padece en nuestro imaginario colectivo. Demasiadas cosas se deben conjugar para que eso suceda. Una de las más importantes es suplir la necesidad de un derecho urbanístico y atender el desatino que supone nuestra política pública en torno a la urbanización de un recurso natural tan preciado como nuestro suelo. Todo y que ello resulta transversal al tema del manejo del agua (y su falta de provisión), la energía, la contaminación, la biodiversidad, los residuos sólidos, la seguridad alimentaria, la vivienda, la economía, el trabajo y la lista no termina.

En los últimos años, me he dedicado a intentar entender y atender el problema de las llamadas “propiedades abandonadas” porque en las áreas urbanizadas con mayor potencial de transformarse en verdaderas ciudades abundan que da miedo. En enero del año 2012 se aprobó una ley de largo nombre “para Viabilizar la Restauración de las Comunidades de Puerto Rico”. Arriesgándome a resumir la intención de esa ley, lo que el instrumento quería encauzar era el poder de expropiación forzosa de los municipios para poner en manos de un particular, con suficientes recursos económicos, propiedades declaradas “estorbos públicos”. Tan reciente como mayo de este año, se enmendó esa misma ley para que los municipios también pudieran donar, ceder o arrendar estas propiedades a organizaciones sin ánimos de lucro.

Ahora, con la intención de allanar el camino a iniciativas y/o proyectos que quieran recuperar y transformar espacios abandonados, se está proponiendo una nueva enmienda a la citada ley. Esta enmienda, recogida en el P. de la C. 2583 que radicó en las pasadas semanas el Representante Luis Vega Ramos, atiende dos consideraciones fundamentales. Por un lado, evitar el mecanismo de la expropiación forzosa utilizado demasiadas veces en nombre de un fin público que al final resulta esquivo. Por otro lado, atender un fenómeno frecuente en casos de propiedades abandonadas: la falta de algún propietario o un legítimo heredero. Para estos casos, se ha dispuesto que pueda ser el municipio donde está ubicado el inmueble quien lo pueda heredar para, entonces, poder cederlo, donarlo o rentarlo a una organización sin ánimo de lucro.

Tomando en cuenta que el inventario de propiedades desatendidas no para de crecer, que el estado ruinoso de tantos centros urbanos se acentúa y que hay tanta necesidad insatisfecha de espacios de vivienda, creación, recreación, gestión, etc., se quiere provocar que un sector importante de la sociedad pueda participar de la recuperación de estos espacios. A fin de cuentas y como dice la campaña que estamos promoviendo, se trata de un problema que de alguna manera nos afecta a todxs y, por lo tanto, todxs somos herederxs.