“Un árbol que me dé sombra”

Empezaron a llegar a las tres. El evento estaba anunciado para las dos pero nunca nadie llega a la hora que dicen los flyers. El sol candente, cangrejero, golpea en ese espacio del cuello entre la camisa y el pelo. Los nenes corretean de un lado a otro del patio de la escuelita, totalmente forrado de asfalto que colinda con la brea de la calle Barbosa, esquina Rafael Cepeda, en Villa Palmeras. Hay varias carpas blancas. Bien podrían ser azules de esas de FEMA porque este jodío calor en pleno noviembre es casi una emergencia nacional.

 

Van llegando con bultos llenos de panderetas. Son tambores de mano hechos de maderas del país: roble, caoba, capá prieto, hasta de ausubo hay una que otra, hecha con vigas rescatadas de alguna ruina del Viejo San Juan. Los pleneros se jactan de tener panderos hechos por tal o cual artesano.

 

Las panderetas o panderos son tambores de mano que se usan para tocar plena, género afroboricua muy popular en los pueblos costeros. Se usan tres panderetas de afinación distinta que se tocan también de manera distinta incluyendo el requinto que improvisa todo el tiempo. Algunos pleneros son bien específicos con sus gustos y quieren un diámetro en particular, un cuero en particular que si de chivo, que si de vaca, y hacen pedidos a la medida que los artesanos complacen, gustosos, por una tarifa adicional. Según Ramón Pedraza antes construían panderetas con “cualquier cosa que pudiera doblarse: anillos de bicicleta, bordes de ollas de aluminio, plástico”, lo de la madera vino más adelante. Pedraza es un plenero par excellence. Toca el requinto, canta –fue durante muchos años miembro del grupo Atabal- y es artesano.

Hay carpas tamaño personal a un lado del patio asfaltado. Ahí venden camisetas, instrumentos musicales, prendas hechas a mano y batidas de frutas. Al otro lado de las carpas personales, bajo la carpa grande, Gladys Cepeda da instrucciones. La carpa grande –que mide como 40 pies de largo- alberga una tarima, modesta, y varias sillas. Gladys organiza la tarima, organiza la casa donde ubica la Escuela de Bomba  y Plena, organiza la cocina y fríe empanadillas: de bacalao, carne, corned beef o queso. Suda, como todos los demás. Pero no solo hoy, suda todos los días. Dice que lleva un mes trabajando para este evento: el reencuentro de los plenazos.

 

La casa hecha con “fondos de Santini” como la gente de San Juan ha aprendido a llamarle a cualquier cosa hecha con presupuesto municipal, es la nueva sede de esa escuela que ha educado a generaciones de percusionistas y bailadores. Antes la escuela estaba en un espacio pequeño  e incómodo en el sector Playita, también aquí en Villa Palmeras. Allí había una marquesina en la que los padres, parlanchines, esperaban a los nenes que cogían el taller que durante cuarenta años ha ofrecido Modesto Cepeda, el papá de Gladys, hijo de Don Rafael Cepeda y Doña Caridad Brenes, patriarcas indiscutibles de la tradición santurcina de bomba y plena.Los primeros nenes de la escuela de Modesto llevan ahora a sus nenes a la nueva escuela. Está en la calle Rafael Cepeda, antigua calle Progreso. Villa Palmeras, uno de los 40 sectores que componen al gran barrio de Santurce, es un bastión históricamente plenero y bombero y musical en general. De allí salieron los más grandes de todos los tiempos: Rafael Cortijo e Ismael Rivera. Allí están enterrados en el cementerio de Villa Palmeras, donde también yace el patriarca Cepeda- a pocas cuadras de la casa escuela que lleva su nombre. Parece otra casa más de las del barrio. No tiene pretensiones. En el primer piso hay una galería que muestra pinturas de estampas bomberas. También tienen un espacio de biblioteca. Próximamente estará abierto para que los niños de la zona puedan ir a estudiar y a buscar información.

 

Arriba está el gran salón con pisos de madera. Tiene una pieza de Martín García pegada a la pared. El balcón da para un terreno baldío que Gladys confía le entregarán eventualmente para desarrollar un parquecito para los nenes de la comunidad, no hay un parque por todo esto.

 

Ella habla de la comunidad desde el balcón, como mirándola desde arriba, desde saberse parte de ella pero con la convicción de que ha cambiado algo, de que ha aportado algo, de que el espacio donde nació y se crió es mejor ahora. La casa de sus abuelos, don Rafael y doña Caridad, está apenas tres casas más abajo y todavía cuelga un letrerito de esos rectangulares que se ponían en un marco de metal de el balcón que dice: Fam. Cepeda Brenes.

 

Desde el balcón de la escuelita vemos que ya la cosa se cuaja bajo la carpa. Empezó con una muestra de baile de los niños del taller de todos los sábados. “¿Tuvieron clase hoy?”, le pregunto a Gladys. “Las clases de los niños nunca se suspenden”.

 

A los tamboreros los dirige Pedro Colón y a los bailadores su esposa Mónica, las hijas de ambos bailan con los demás niños. Modesto canta: “Estoy buscando un árbol que me sombra, porque el que tengo calor a mi me da”. Hace más de veinte años Pedro y Mónica eran dos de los jóvenes que iban cada sábado a la escuelita.

 

Una vez salen los nenes los pleneros toman la tarima. Hay plenazo. Ese junte de tamboreros unos buenos otros no tanto, que se encuentran una tarde a tocar por tocar siguiendo la mejor tradición plenera del junte de esquina. Los convoca Modesto, los organiza Tito Matos, responsable, junto a Richard Martínez, de rescatar el concepto de la música de esquina con los Plenazos Callejeros que se convirtieron en un punto de partida para una nueva ola de la tradición que se viene gestando desde el 2004.

 

El evento se dio durante siete años, cada mes visitaban un pueblo distinto dándole la vuelta a la isla como los correcostas originales, trabajadores de la caña que iban tras la zafra, pandero en mano, recorriendo la costa criolla. Según los que saben la plena data de principios del siglo XX. Y dicen que tanto los tambores como los golpes básicos del género son hijos de la bomba, género que tiene al menos cuatro siglos de existencia. Los instrumentos se hicieron portátiles precisamente por la naturaleza del trabajo de los obreros.

 

Los Plenazos callejeros hicieron 71 paradas  en casi 40 municipios, incluyendo Nueva York. Pero Tito, codirector de la banda Viento de Agua, y Richard, cantante de Plenéalo, veteranos de incontables batallas, decidieron coger otro rumbo. La ruta del plenazo, o algo por el estilo, tomó vida propia, ahora hay encuentros de pleneros en esquinas por todas partes organizados por otra gente. Una, dos, tres veces a la semana se juntan los pandereteros a tocar en distintos pueblos del país. Ese fenómeno no ocurría antes de los plenazos callejeros. Pero estos dos vuelven a encontrarse hoy, aquí, en este lugar que es casi un altar de la bomba y la plena. Modesto los convoca y ellos van. Así siguen llegando a la carpa las historias, quizás menos dramáticas que la de Modesto, Tito y Richard pero cargan consigo en los bultos de las panderetas, o en las canecas de pitorro o en la cabeza una dosis de autogestión que asumieron sin proponerse y que llevan a su consecución con entereza. Crearon un movimiento.

 

Sin encomendarse a nadie empiezan a tocar.

Modesto los mira sentado en una silla plegadiza al lado de la tarima. La gente se le acerca uno a uno a saludarlo. “La leyenda continúa”, le dice con un abrazo Emanuel Santana, la tercera pata de los plenazos callejeros. Un joven plenero que se unió a Tito y Richard para darle continuidad al proyecto y que canta con Plena Libre, entre otros grupos. Emanuel conversa brevemente con Modesto, aclara una duda: “¿Ustedes eran de la 23, verdad?” “Sí, de lo que le llamaban la Guardaraya, en la vía del tren”, le contesta Modesto. En la vía del tren. La idea empieza a dar vueltas en mi cabeza como algo que no puedo ubicar en ninguna parte. En Santurce había un tren antes del progreso. “Donde está la Colectora”, explica el maestro, ” pues es ahí al frente”.

 

Emanuel se pone en posición en la tarima, pandereta en mano, al lado de Tito. Hay como 30 pleneros listos para la batalla.

 

“Subió la cuesta

en un champion

que parece una guinea

por eso la gente dice

que Juan Francisco

fue a la pelea”.

Empieza Llonsi Martínez otro plenero ochentoso que ha compuesto muchas canciones, esta no es una de ellas, y que ha tocado en muchos grupos, marchas y noches de juerga.

 

Mientras los muchachos tocan la actividad comercial sigue en las carpas personales y Gladys con una tshirt del “Día Nacional de la Bomba” que por detrás dice: “Apoya lo nuestro” sigue dando vueltas viendo que todo esté en orden en la cocina, en la galería, en el patio asfaltado. Hay público de todas las edades. La gente del barrio entra y sale, los nenes de por ahí van en bici calle abajo. Los pleneros se pasean por la escuelita y por los colmaditos del área buscando la cerveza más fría.

 

Las plenas se suceden unas a otras como en una línea de ensamblaje. No hay pausa. Aparecen historias de mujeres irresistibles en trajes cortos, de carros que no se apagan y de las navidades que ya están a la vuelta de la esquina aunque el calor y las campañas políticas nos perturben el calendario.

 

El evento sigue, durante horas. Es una especie de catarsis colectiva. A lo lejos en la Baldorioty se escucha la plena de una tumbacoco como un violento recordatorio de la realidad. Y aquí dan por comenzadas las actividades celebratorias de los 40 años de gesta de la escuelita de bomba y plena de Villa Palmeras, Santurce. La fiesta seguirá hasta marzo.

 

*Las fotos son de Tita Núñez.