Un bigote es un bigote

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No sé exactamente cuántos créditos de filosofía me chupé en la universidad para poder llegar a conclusiones como ésta: “Es que hay bigotes y hay bigotes”. Sin embargo, lo cierto es que no se puede ser más claro ni cargar con mayor verdad. Mi bigote, por ejemplo, no se mueve con la brisa del viento cuando me paseo por el malecón del viejo San Juan, ni se asoma en las conversaciones con esos residuales de jugo de china que desaparecen después de una llamada de atención y un “wax on, wax off” de la lengua sobre el labio. Me encantaría tener pinta de actor porno de los ochenta y a veces hasta practico un par de miradas frente al espejo del baño; apunto con el dedo índice, lo dirijo hacia mí mismo del otro lado y me digo: “Nice stache, my man”. Pero lo cierto es que no, mi bigote se pasea por un camino estrecho entre la risa y la pena. Va haciendo alarde de bigote hasta que se enfrenta con el juicio esporádico y molestoso para mí, necesario y constructivo para mi madre que, cuando lo ve, me pregunta: “¿Cuándo te piensas quitar los pelos esos que tienes en la cara?”. “Se llama bigote, mamá”, le respondo. “De llamarlo, podemos llamarlo como tu quieras”, concluye ella dejándome saber que antes que yo, ella cogió aquellos cursos de filosofía.

En una conversación un poco absurda como ésta me encontraba hace unos días en El Bar Bero, un curioso bar en el #1507 de la calle Loíza en Santurce. Allí, rodeados de toda una decoración súper trabajada sobre temas de barbería, es decir, sillas antiguas de barberías, espejos, bigotes, cuadros con más bigotes, una barra en forma de bigote, luces y hasta una pica de las que se juegan aún en algunas fiestas patronales, dos panas y yo decidimos pasar la noche del jueves para, como ya ustedes conocen “ver lo que aparece”. Mientras peinaba mi escaso bigote con los dedos y me sentía seguro de ser parte de aquel predilecto club barberil, sostenía una cerveza en una mano y en la otra una caneca de unos mejunjes de alcohol que allí preparan. Te llenan una caneca con diferentes mezclas de licores y hasta les han puesto nombres que no necesariamente corresponden con sus efectos. Ése es el caso de “El levanta muertos”, cuyo efecto es simplemente contrario a su nombre. Eso sí, madre mía, es darte un shot y saber que la noche será bien larga.. o no.

En fin, birra en mano, caneca en la otra, me lancé a por un corrillito de chicas turistas que en lugar de hablar lanzaban una especie de chillidos que sólo se fueron haciendo soportables con cada shot que me iba tomando. Les hablé alguna tontería de esas que recuerdas al otro día y te dan vergüenza, pero creo que funcionó. Mientras una de ellas me hablaba sobre algo de su vida, mi mirada fue a parar en la multitud, que bailaba con la música de DJ Velcro. Unas chicas en una mesa comiendo prosciutto y queso manchego, un grupo de gente bailando en el medio y virando parte de sus respectivas canecas, otras sentados en las sillas de barbería, y  mientras pasaba la vista me fijé en algo muy particular. Una pareja en una esquina, hombre y mujer, con cara de una intensidad atroz, se dijeron algo al oído e, inmediatamente, ella sacó la mano con impulso y le propinó senda bofetada, él no hizo nada. La mirada se volvió aún más intensa y ella respondió con otra bofetada aún más fuerte. Él, entonces, le sujetó los brazos con fuerza y comenzó a comérsela a besos como si no hubiera un mañana. “¿Entonces qué dices?”, me despertó del asombro, en un mal español, la chica que tenía delante. “¿Qué digo de qué?”, le pregunté con cara de tonto y sin tener puta idea de lo que hablaba. “Que me dejes pasarle mi lengua a tu bigote.” Miré la caneca, me miré en el espejo que tenía a la izquierda, miré al camarero y le dije: “Mi hermano, ¿esto que coño es?”. “Eso… una botella vacía”, me respondió. Fue cuando de golpe sentí una lengua degustando mi bigote. “Nice stache! If you know what i mean”, me dijo con mirada sexy y un coqueteo absurdamente claro. Le regalé una sonrisa de medio lado y le dije con aire de seguridad: “Claro, es que hay bigotes y hay bigotes”…. Es una pena que las canecas esas no las venden para llevar.