Un centro comercial

A mediados del siglo pasado la calle Loíza en Santurce ya era una vía en la que convivían los residentes y el comercio. Al sector llegaban clientes de todas partes de la Isla y hasta de islas vecinas. Joana Molina, dueña del famoso Café Molinis, recuerda que cuando era niña la calle “parecía Nueva York”, de tanta gente que caminaba por sus aceras a diario. Molina es hija de una familia de empresarios que llevan décadas establecidos en la Loíza, su tío, Israel, es el dueño del conocido minimarket que lleva su nombre en la esquina de la calle Jefferson.

La tienda es un clásico santurcino.

Mucho ha cambiado la Loíza desde que los Molina llegaron. Son pocos los negocios que llevan más de 30 años en la calle: la farmacia Americana, el atelier de Carlota Alfaro, la Ferretería Madrid y la tienda de telas Ladicani, son algunos de ellos. El número 1852, el edificio que hace esquina con la calle Pomarosa, era la sede de los Almacenes San José 5 y 10, donde había de todo. El 5 y 10, quedaba frente al Teatro San José, que luego pasó a llamarse el Grand, y se especializaba en vender capias de 5 o 10 centavos. “El ‘San José’ viene del Teatro San José que quedaba justo al lado y se añadió para que sirviera de punto de referencia y así encontrar el negocio con más facilidad”, explicó José Guillermo Pérez González, propietario de la tienda que cerró sus puertas hace unos años. Las Ladicani son ahora dueñas de ese edificio.

El cierre dió paso al establecimiento de dos negocios que rápidamente se han convertido en puntos de referencia en la calle y que simbolizan el resurgir del sector en manos de empresarias jóvenes e innovadoras. LenTjuela Vintage, una tienda de ropa de segunda mano cuidadosamente seleccionada por su dueña, Valeria Bosch, había estado en otro local cercano en la calle Jefferson antes de mudarse al 1852. En la puerta de al lado se estableció Double Cake, una repostería creativa.

Al cruzar la calle, en la esquina de la Cordero y la Loíza un edificio de grandes cristales alberga Color Conspiracy un espacio abierto dividido en cubículos de artistas del tatuaje que reciben a sus clientes hasta las nueve de la noche. Ese espacio que ahora ocupan fue por mucho tiempo el famoso Almacenes Infanzón, un telar que era parada obligada para costureras y diseñadores. Infanzón es una de las tiendas que siempre se mencionan cuando uno pregunta sobre los comercios icónicos de la Loíza. Era propiedad de una familia libanesa que luego fue dueña de La Giralda. “Pepe Mabarak y los Tartak eran algunas de las familias de libaneses católicos que se establecieron aquí”, explica Orvil Miller, estudioso de la historia del sector. “Los libaneses fueron parte integral del desarrollo comercial de la Loíza”, dice.

Mabel Ladicani, foto de Dennis Rivera Pichardo.

“Este espacio estaba abandonado”, recuerda Mabel Ladicani, la matriarca de la tienda de telas, “al principio dio mucho trabajo porque el licra era un material que no se conocía. Pero yo necesitaba trabajo porque mi esposo estaba incapacitado para trabajar y yo tengo tres hijas”. El edificio sigue siendo propiedad de la familia Tartak. “Nosotros somos los más viejos aquí (en la Loíza), y La Americana”, asegura.

La Farmacia Americana ha ido expandiéndose poco a poco convirtiéndose en una tienda de artículos de primera necesidad para la comunidad. La farmacia tiene una óptica y una cafetería. De hecho el negocio agrandó su espacio cuando cerró la famosa Cafetería Madrid con la cual antes colindaba. Otro edificio que se ha transformado para albergar comercios pequeños y recientes es que queda en la esquina de la calle Diez de Andino, casi frente a la Escuela Pedro G. Goyco, donde antes estaba la famosa tienda Sterling House. Ese era el lugar donde se vendían vajillas y platería, muy popular para los regalos de boda. Era una tienda grande, de dos pisos. Ahora está dividida en varias tienditas, en comercios pequeños, de los que han proliferado en estos tiempos microempresariales: Café del Loto, una cafetería propiedad de una pareja del vecindario, Noed, un salón de belleza, el atelier del diseñador José Raúl, la tienda de ropa Moni & Coli y el restaurante mexicano Panuchos, son algunos de los negocios que ocupan lo que antes era la Sterling House. Aunque ya no se ven grandes cantidades de gente caminando por la Loíza como a mediados del pasado siglo las tiendas siguen siendo exitosas y el cliente sigue llegando a pie desde lugares cercanos. Es un centro comercial tradicional, urbano de tiendas pequeñas donde una nueva generación se ha establecido con fuerza desde Laura Om casi llegando a Punta las Marías hasta los barberos de Hipnotik al principio de la calle.

“Ya no queda nada de lo que había aquí cuando yo llegué. Estaban los Almacenes Infanzón, Radio Andrea y la Sterling House”, dice Carlota Alfaro, mientras mira la Loíza por la ventana del local que ocupa hace 45 años.

*La sección La Historia es posible en parte gracias al apoyo del Instituto de Cultura Puertorriqueña y al National Endowment for the Arts.