Una calle teatral

En la calle Loíza, hoy solo queda un teatro. Habían tres. Ahora solo queda un edificio que alguna vez fue un teatro. La estructura queda, probablemente la fachada del teatro y ya. De seguro está vacío por dentro, sin butacas, sin telón, sin máquinas de proyección o luces. Este teatro ya no está en uso. Dejó de ser un teatro hace muchos años. Probablemente, cuando el teatro ya no hacía dinero, se convirtió en alguna tienda por departamento o en algún almacén, destino de muchos de estos teatros y cines en la ciudad.

Cada vez que paso por la calle Loíza cerca de ese teatro, caminando, en bicicleta o en carro, me da nostalgia y quisiera verlo funcionar otra vez. Pero luego me acuerdo que, además de ser centros culturales, estos teatros y cines también eran negocios. En momentos, muy buenos negocios. Pienso que muchos de estos negocios cerraron debido a los nuevos entretenimiento y cambios en la economía. Con suerte, algunos de estos espacios lograron ser reapropiados por otros comerciantes que encontraban la forma de utilizar estos espacios con una viabilidad económica. Otros teatros con mucho valor histórico y arquitectónico no han tenido la misma suerte, muchos siguen abandonados, y otros fueron demolidos. Así fue la suerte de el teatro Riviera en la calle Loíza. Con un diseño Art Deco, este teatro fue uno de los más importantes de San Juan pero hace unos años fue demolido para construirse un estacionamiento. Mi sentido común lo lamenta. En muchas ocasiones, cuando no hay intervención del estado, es la economía quién va determinando el paisaje.

El Teatro Riviera quedaba en la esquina de la de Diego y la Loíza.

Así es el caso de la calle Loíza. Un mercado de espacios en constante lucha y transformación. Una calle que alude e invita a la participación comunitaria y al consumo de diferentes sectores, con diferentes clases sociales e intereses. Insistir en restaurar, preservar patrimonios o reabrir los espacios teatrales que nos quedan, no suena en este momento como la mejor idea. Considerando que aun los teatros no parecen ser buenos negocios, sería más interesante encontrar otras formas de producir eventos culturales más en la línea de los nuevos intereses y preocupaciones de las comunidades que se acercan a estos eventos.

La ciudad se reinventa constantemente, se transforma según las necesidades económicas y sociales de la comunidad que habita esos espacios. Así nacen nuevos edificios y espacios para atender nuevas necesidades. Al igual que las apropiaciones de teatros abandonados convertidas en tiendas por departamentos o almacenes, en ocasiones los ciudadanos logran apropiarse de otros espacios y resignificarlos para nuevos usos culturales. Un ejemplo de esto en la calle Loíza lo es la iniciativa de Cinema Paradiso, que ocupó un espacio abandonado entre dos edificios y lo convirtió en una sala de proyección de cine improvisada. Esa espacio ahora es ocupado por varios food trucks.

Las políticas culturales del estado, partiendo de la premisa de que no todos los negocios son buenos, podrían concentrarse mejor en apoyar proyectos que resuelvan necesidades específicas de algún sector o comunidad en vez de insistir en promover los negocios. Esta estrategia aseguraría que los espacios culturales, los reapropiados y resignificados, cumplan con alguna función social.

Cada vez que paso por la calle Loíza y veo el teatro abandonado que aun no ha sido demolido, lo medito un poco más y hasta me pongo contento. Lo veo como un acto de resistencia. Y recuerdo que, a pesar de que muchos de estos ya han sido borrados, aun queda la memoria que mantiene lo comunidad sobre lo que fue ese edificio, sobre esos espacios, sobre los eventos culturales y las experiencias que allí se vivieron. De alguna manera, intentar reconstruir una memoria colectiva sobre estos espacios, así como lo hace esta página, o el recorrido histórico, o las fiestas de la calle Loíza, funciona como una política práctica, como un performance que intenta desarticular el neoliberalismo, o al menos cuestionar esa cultura hegemónica y políticas culturales del estado que pretenden ser guiadas por la economía. La comunidad de la calle Loíza, con toda su diversidad sexual, racial, étnica y económica, continua, día a día, recordando el lugar.

Sobre el teatro Riviera hablé con Magali Carrasquillo, una colaboradora y teatrera de Caguas (que vive ahora en este vecindario) que recuerda la calle Loíza desde pequeña, y recuerda también su participación en el teatro Riviera, en donde llevó a cabo su debut actoral. Magali me cuenta su experiencia, las familias y amigos que venían al teatro, los artistas famosos que se presentaron, las reuniones y eventos de comunidad, los puntos de encuentro, muchas experiencias colectivas de este espacio cultural. Al igual que lo hace el teatro, recordando las luchas pasadas, las causas que aun nos inquietan, la justicia social y económica, la conservación ecológica, y la promoción de las empresas y la agricultura local. Los recuerdos de Magali Carrasquillo, o las anécdotas de Orvil Miller y Lester Nurse Allende que transmiten sus identidades marginadas, sus narrativas particulares, nos consuelan porque lejos de recrear los discursos históricos, temporales/espaciales del estado, asumen una diferencia cultural que produce nuevas formas de vivir la ciudad, aun cuando ya no tengamos espacio y teatros tradicionales en la calle Loíza.