Una ciudad queer

Al comienzo de la obra, un cuerpo drag se desnuda en escena, se transforma frente a nosotros quitándose toda la ropa. Este cuerpo en sombras que va soltando sus capas de ropa, como complejos o máscaras, como un acto político, nos prepara para enseñarnos la ciudad, sus bordes escondidos, un mundo nuevo, intenso, alegre, trágico y cruel. El acto de desnudar su cuerpo en escena parece ocurrir al terminar la noche, o de madrugada. El drag se desviste en escena, se transforma mientras al fondo, un collage de imágenes intenta representarnos algo de Santurce. Sobre el escenario, la figura desnuda, profunda y sufrida, el cuerpo desnudo, su sexualidad vulnerable, se marcha y se esconde de nosotros, como si fuera ya una rutina, para continuar con su vida, como pueda, como siempre, tras bastidores.

El domingo estuve en la función de Mundo Cruel en el teatro Victoria Espinosa, una adaptación teatral del libro de cuentos con el mismo título del escritor Luis Negrón. El montaje cuenta con las actuaciones de Gabriel Leyva y Gil René que también la dirigió. Las historias que presentan la obra de Luis Negrón dibujan la otra ciudad, el Santurce marginal. Sus historias nos construyen un mapa de una ciudad homogeneizadora, global y neoliberal cuyas geografías hegemónicas parecen obligar a los personajes a concebir su sexualidad a través de estrategias subversivas. Las imágenes y el lenguaje del montaje nos enseñan algunos sujetos y comunidades queer en Santurce. Los cangrejeros del Mundo Cruel viven su sexualidad en los bordes, con el reguetón de fondo, acompañados del olor de las alcantarillas sucias, las barras gay y las iglesias evangélicas. Son sujetos dominicanos, mujeres, negros, pobres que viven y consumen en una ciudad que los excluye.

En uno de los cuentos, Leyva interpreta a un caco de Santurce, con movimientos que definen la historia de su barrio pobre, con una voz y un delivery de macho buscando ganarse el respeto en un mundo hostil. Vestido con gorra de pelotero, una polo extra grande de rayas y pantalones baggies, el caco está a punto de largarse o esconderse en los Estados Unidos, buscando escapar. Ese día se encuentra en la parada de guagua con Junito, su amigo gay del vecindario. Aquí ocurre uno de los momentos más importantes del performance, cuando alguien del público toma el lugar de Junito, el gay. Este acto pone al espectador directamente en la calle, lo expone frente a los demás para ser juzgado, para que encarne el prejuicio como un acto de purificación. El caco le habla al Junito/espectador y le aconseja que también se vaya. Le dice que ya no se puede más. Le cuenta que cree que su hijo es “del otro lao”, y teme que sufra prejuicios en el barrio. Desesperado, le dice a Junito que lo mejor es irse del país, o mudarse al área de Condado, a algún lugar donde no hayan prejuicios.

En escena, la ciudad se destruye y se construye una y otra vez, frente a nosotros, en un juego entre el espacio concebido y el percibido. Especialmente en Santurce. Precisamente en Santurce. El Santurce que también está de moda entre hipsters y nuevos empresarios. Este performance nos ayuda a repensar esa ciudad que nos han vendido. Retrata los lugares escondidos, los que pretenden callar y mantener en secreto, los que representan las nuevas formas de vivir la ciudad y sobrevivir.